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CRISTIANOS UNIDOS: UN MILAGRO DEL ESPÍRITU SANTO

 

 

“Que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Jesucristo nuestro Señor”. Estas palabras, que se escuchan cada domingo, son una oración, la oración de la Iglesia por un milagro, tal vez el mayor de todos los que se hayan vivido a lo largo de la era cristiana: la unión real, efectiva, de cuantos nos llamamos seguidores y discípulos de Cristo Jesús, divididos, tristemente separados en denominaciones distintas por diversas razones históricas y no siempre claramente justificables.

Hace escasamente quince días poníamos el punto final a la llamada Semana de oración por la unidad de los cristianos y, como cada año, tales fastos, una vez concluidos, nos llaman a la reflexión. ¿Es posible que los cristianos volvamos a estar de nuevo unidos? ¿Puede llegar a ser realidad aquella “iglesia indivisa” de los primeros siglos?

Siendo honestos, hemos de reconocer que las divisiones entre los cristianos constituyen un escándalo y un oprobio para el nombre de Cristo. Que en la Iglesia coexistan ideas distintas, enfoques diversos e incluso teologías opuestas no tiene que ser, en principio, un atentado a la unidad esencial del Cuerpo de Cristo. El propio Nuevo Testamento en su variedad de escritos y escuelas (paulina, petrina, johánica) evidencia que no todo el mundo pensaba igual en la Iglesia apostólica del siglo I. Más de una vez se ha llamado la atención a que el mismo Jesús de Nazaret no fue percibido bajo un mismo prisma por todos los creyentes primitivos, de lo cual daría fe la constatación de cuatro evangelios distintos, no solo uno. Hoy en día, la mayoría de exegetas y teólogos admiten sin ambages que el Nuevo Testamento es una muestra de la variedad y la riqueza de pensamiento de la Iglesia primitiva. El hecho de haber reunido una colección de veintisiete escritos que no siempre venían a expresar una fe uniforme testifica acerca de la apertura de espíritu de quienes determinaron el canon neotestamentario para la Iglesia Universal.

La Antigüedad cristiana conoció movimientos secesionistas como los seguidores de Montano, del mismo modo que “iglesias separadas” con una organización propia: marcionitas y novacianos, pero no duraron mucho; su acusación a la Iglesia de haber perdido la prístina fe original y haber entrado en un proceso de decadencia y apostasía fue diluyéndose a medida que en esos mismos grupos se manifestaban los mismos vicios que presuntamente combatían; nada nuevo bajo el sol. Aún a principios del Medioevo subsistían iglesias arrianas que fueron desapareciendo poco a poco y cedieron el paso a la ortodoxia católica, y unas comunidades nestorianas en Oriente que han llegado prácticamente hasta nuestros días.

Las grandes rupturas del Cuerpo de Cristo vinieron después: en 1054 se consuma el llamado Cisma de Oriente, que separa la cristiandad en dos grandes bloques, oriental u ortodoxo y occidental o católico romano; entre 1378 y 1417 tiene lugar el llamado Cisma de Occidente, que desgarra el catolicismo romano con dos (y en algún momento concreto tres) presuntos papas al mismo tiempo; y desde 1517 la Reforma Protestante separa de Roma a los Reformadores y las nuevas confesiones que surgen a partir de sus enseñanzas. El mundo protestante, ya en el siglo XVII, pero muy especialmente en el XIX, se ha convertido en caldo de cultivo de una gran variedad de denominaciones independientes de las tres grandes confesiones de la Reforma (luteranos, calvinistas y anglicanos), e incluso de movimientos sectarios completamente ajenos a la idea reformadora original. Este proceso se constata en el día de hoy en las llamadas “iglesias evangélicas”, cuya atomización prosigue hasta niveles exagerados.

¿Pueden justificarse estas rupturas, a veces violentas, del Cuerpo de Cristo? ¿Se trata de simples cuestiones teológicas y doctrinales o hay algo más?  

Está muy claro para nosotros que la unidad de los cristianos, máxime tras el somero resumen histórico de sus divisiones que acabamos de presentar, no puede concebirse sino como fruto del Espíritu Santo. En la llamada “Oración sacerdotal de Jesús” contenida en Jn. 17 Cristo ora por la unidad de sus discípulos “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (v. 21). La Iglesia fue una en sus comienzos, capaz de superar sus fricciones internas, fortalecida en medio de sus persecuciones, hasta que motivos de orden político y cultural (no solo teológicos) causaron divisiones aparentemente insuperables. Siempre se ha dicho que en el Cisma de Oriente, más allá de asuntos dogmáticos (la famosa cuestión del “Filioque” y otras por el estilo), lo que más pesó fue la animadversión mutua entre orientales (griegos) y occidentales (romanos), así como las pretensiones de las sedes imperiales romana y constantinopolitana al dominio universal en la Iglesia. Y dígase lo que se quiera, en la Reforma de Lutero estuvieron muy presentes, además de la propia teología del Reformador, condicionamientos culturales germánicos visceralmente antirromanos. Algo parecido, “mutatis mutandis”, sucedió en la Reforma de Calvino y en el llamado Cisma Anglicano. Y a nadie se le oculta que muchas de las iglesias evangélicas y sectas “evangelicales” de nuestros días son más propagandistas de unos puntos de vista políticos y socioculturales norteamericanos que del evangelio propiamente dicho.

Pero la oración de Jesús ha quedado ahí, plasmada en el Nuevo Testamento, por algo. Jesús quiso la unidad de sus discípulos, pese a sus diferencias naturales intrínsecas. Jesús creyó que esa unidad era posible conforme al propósito de Dios. Desde hace ya poco más de un siglo, al mismo tiempo que se multiplicaban sectas y denominaciones transoceánicas, el mundo cristiano viene escuchando un llamado al diálogo, a la oración en común entre todos los profesos discípulos de Cristo. El tan injustamente denostado (¡y hasta calumniado!) movimiento ecuménico ha conseguido reunir representantes de denominaciones otrora enfrentadas para algo tan sencillo como orar juntos, reflexionar en grupo sobre pasajes escriturísticos o sentarse a la misma mesa para compartir puntos de vista y realizar trabajos teológicos y exegéticos en común. Se han dado ya desde hace décadas pasos encaminados a la unidad entre ciertas denominaciones. No es porque sí que la actual Iglesia Evangélica Alemana englobe a las otrora separadas Iglesia Luterana e Iglesia Calvinista de Alemania, o que algo similar suceda en el protestantismo francés. En este mismo espíritu se comprende que la llamada Comunión de Porvoo reúna a las iglesias luteranas de Escandinavia y países bálticos con las iglesias anglicanas de las Islas británicas y la Península ibérica, o que se firmen acuerdos de comunión y acción mutua entre denominaciones distintas que se sienten hermanadas en Cristo. Dios escuchó la oración de su Hijo.

En Jn. 17:21 Jesús concluyó con las palabras “para que el mundo crea que tú me enviaste”. La triste historia de la misión cristiana ha venido demasiadas veces, especialmente a partir del siglo XVI, empañada por las guerras entre cristianos. El campo misionero, especialmente durante el siglo XIX, se ha llegado a convertir en un campo de batalla entre denominaciones cristianas, lo que hizo en su momento cuestionarse a varios pensadores dónde estaba realmente el espíritu cristiano o si tal situación era realmente la voluntad de Dios. Si el mundo ha de creer en Cristo, es menester que los cristianos presentemos un frente unido, no necesariamente uniformado, pero sí unido. Las diversas tradiciones litúrgicas o teológicas constituyen una riqueza enorme dentro del cristianismo, producto de la historia de la Iglesia y de su implantación en diversos lugares del mundo. No se debe hacer de ello un motivo para estar separados, sino para estar unidos. La multiplicidad nos debe impulsar a la unión, no a la disgregación. Ser diferentes refuerza nuestra hermandad en aquello que nos es común.

La Iglesia ora, como Jesús, y el Espíritu Santo nos impele a la unidad.

Que el soplo del Espíritu dé fuerza a nuestro testimonio a fin de que el mundo crea.

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Delegado Diocesano para la Educación Teológica

Iglesia Española Reformada Episcopal

(IERE, Comunión Anglicana)

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