EL CRISTIANO PLATÓN


El Flavio Neapolitano y siquemita Justino, sabio, portador del manto de filósofo, santo y mártir de la Iglesia indivisa que viviera en el siglo II, afirmaba muy atrevidamente que el cristianismo era la meta lógica de toda filosofía.

No en vano y tras un periplo intenso de profunda búsqueda existencial, marchó a la capital del imperio para instituir un didascáleo romano, es decir, una escuela de intelectuales amantes del saber (filo – sofos) en la que se enseñaba la mejor filosofía de entre todas las existentes: el cristianismo.

Hay que recordar su esfuerzo como uno de los primeros y más destacados intentos en aras de reflexionar la Revelación cristiana utilizando para ello las categorías filosóficas por entonces en vigor, especialmente, aunque no exclusivamente, el neoplatonismo.

Para Justino no cabe Dios sin filosofía ni mucho menos filosofía sin Dios, siendo Dios el tema fundamental de la misma. Efectivamente, así se pronunciará en su famoso Diálogo de hechuras platónicas socráticas con el judío Trifón asintiendo a una previa afirmación del mismo:


"- ¿Acaso no tratan de Dios los filósofos en todos sus discursos y no versan sus disputas siempre sobre su unicidad y sobre su providencia? ¿O no es objeto destacado de la filosofía el investigar acerca de Dios?

- Ciertamente, - le dije”

(Diálogo 1, 3 – 4)


Los sabios “griegos” (léase filósofos) – dice el santo – que existieron durante las épocas clásicas pretéritas, tales como por ejemplo los excelentes Sócrates de Atenas, Heráclito de Éfeso, Platón de Atenas (¿Egina?) o Aristóteles de Estagira, vivieron, pensaron y actuaron según el Logos intemporal de Dios que es Cristo:


“Y así, quienes vivieron en conformidad con el Logos, son cristianos, aún cuando fueron tenidos por ateos, como sucedió entre los griegos con Sócrates y Heráclito (…) Y del Logos que habló por los profetas tomó Platón cuanto dijo acerca de que Dios creó el mundo transformando una materia informe (…) En cuanto a los estoicos, se muestran moderados en su ética, gracias a la semilla del Logos que se encuentra ingénita en todo el género humano”

(Apología I, 44, 46, 59, II, 7)


No … Aunque a primera vista lo parezca, no se trata de una perogrullada simple y abstrusa del mártir, sino de una muy brillante y destacada estrategia operada por el samaritano que pretende el acercamiento de la “gens intelligens” de su época hacia el pensamiento cristiano así como el cese de la persecución durante la cruenta – y sin embargo muy filosófica – época provocada por parte de los emperadores antoninos, de entre los cuales destaca curiosamente el más formado intelectualmente de todos ellos, el hijo adoptivo de Antonino Pío, Marco Aurelio Antonino Augusto, un notable filósofo estoico que rigió los destinos del Imperio romano entre los años 161 – 180.

Con todo, calificábamos a Justino Mártir de atrevido por cristianizar “ ¡post eventum et mortem! ” lo más selecto y granado de la filosofía clásica. Y no cabe duda alguna que lo fue.

Ahora bien, tal vez su atrevimiento sea algo más disculpo de analizar, aunque sea muy someramente, el concepto de bien y de mal en uno de los griegos más egregios, el ateniense Platón, puesto que quizás bien pudiera antedicho concepto haber servido al filósofo cristiano como base conectiva de estos sus atrevidos asertos, dado que el Logos intemporal que Justino concibe como crístico es el dinamizador común, universal e intemporal del bien en todo ser humano.

Como obviamente el más mínimo sentido común informa, tan absurdo es proponer todo lo platónico por cristiano como negar a toda vía platónica concomitancias y paralelismos que desde Platón un cristiano pueda suscribir.

Para Platón [1] (428 o 427 – 347 a.C.) el atributo de realidad de las cosas son las ideas que las mismas cosas en sí mismas expresan [2]. Pero no el “morfé”, es decir la forma, el formato, el lugar, el continente, el cubículo, la materia a partir del cuál éstas anteriores ideas se expresan y se proyectan.

En consecuencia, si las ideas se constituyen en el verdadero ser de las cosas, la materia, por oposición, representa efectivamente el no – ser de las mismas.

Ahora bien, ¿Significa ello que dicho no – ser de la materia equivalga a su inexistencia? es decir, ¿expresa únicamente el “morfé” una mera apariencia de existencia? … De ninguna manera, pues en el pensamiento de Platón lo importante es la existencia independiente o de “per se”.

Es decir, mientras que las ideas existen por sí mismas en virtud de lo sublime y de lo universal que expresa precisamente su inmaterialidad, la materia, en cambio, aunque efectivamente exista pues de ella la naturaleza y nuestras percepciones tienen constancia y consistencia frecuente, no existe “motu proprio”, es decir, por sí misma, sino que está ordenada por aquellas ideas con la única finalidad de encontrar un camino para su expresión.

La pregunta aparece entonces planteada por sí misma: ¿están las ideas ordenadas en relación a su jerarquía? … Lo están, efectivamente, hallándose en su cima lo único, lo simple, lo universal, el Uno que no es otra cosa que el Bien o el mismo Ser divino.

De ahí precisamente que este Uno, bien, belleza o Ser divino antecitado se constituya en un principio idéico primero, algo así como lo que posteriormente Aristóteles definirá como el motor supremo o inmóvil que posee intrínsecamente la capacidad de moverlo todo extrínsecamente sin por lo tanto moverse él mismo.

Este bien único platónico es omnímodo y soberano, razón por la cual opera siempre necesariamente como bondad máxima, y por ende se comprende como opuesto y absolutamente extraño en todo al mal.


Así lo definirá Platón mismo:


“Dios es esencialmente bueno”

(República I, II - 379).


Este carácter intrínsecamente bueno de Dios es irrenunciable en la filosofía platónica. No es por ello de extrañar que el ilustre platónico san Agustín, en su polémica contra los maniqueos, señale en idéntico sentido:


“Y si Dios es bueno esencialmente, no puede entonces jamás ser malo”

(Adversus manichaeos I, II, 34) [3]


Y, siguiendo la estela del Doctor de “Hippo Regius”, aunque ciertamente con notas aristotélicas que ahora no podemos destacar, el Aquinate:


“ (…) De lo anterior puede deducirse que Dios es su propia bondad. El bien propio de todo ser es existir en acto, Es así que Dios es no solamente un ser en acto, sino su propio ser, como ya hemos visto. Luego no sólo es bueno, sino que es la bondad misma. La perfección de cada ser es su propia bondad, como se vio. Mas la perfección del Ser divino no se considera como algo añadido a Dios, pues Él es, como se demostró, perfecto en sí mismo. Por eso, la bondad divina no es algo añadido a su substancia, ya que ésta es su propia bondad.

Todo ser bueno que no sea su misma bondad, es bueno por participación. Y lo que es por participación supone otro anterior, de quien recibe la razón de bondad. Y en esta línea es imposible remontarnos hasta el infinito, porque no se da tal proceso en las causas finales, ya que el recurso al infinito repugna a la razón de fin. Ahora bien, el bien tiene razón de fin. Es necesario, por lo tanto, llegar a un primer bien que lo sea, no por participación en orden a otro, sino por su esencia. Tal es Dios. Luego Dios es su propia bondad.”

(Summa Theologica I, Libro I, Capítulo XXXVIII)


De otro modo dicho, para Platón – al unisón con su numerosa fatría de reputadísimos seguidores - nada de lo que es bueno puede perjudicar porque no posee “causa malis”, dado que lo bondadoso jamás puede provocar daño alguno ni tampoco causar mal alguno puede, ni mucho menos constituir la fuente o el origen de mal.

Platón, sagaz, se guarda muy bien de afirmar que lo bueno es la causa última de absolutamente todas las cosas. En efecto, el bien es causa del bien, pero de nada más. Por ello mismo el bien no puede nunca ser causa del mal ni el mal causar.

De ahí concluye Platón que Dios, al poseer una naturaleza únicamente buena, no puede ser causa causante de absolutamente todas las cosas sucedidas. ¿Por qué? … pues porque no toda causalidad es benéfica ni tampoco entraña necesariamente el bien.

Por lo tanto, Dios es únicamente causa de una parte de lo que le sucede al hombre, y esa parte es siempre el bien. Jamás el mal.

A Dios hay que reputarle siempre y en consecuencia todo aquello bueno que sucede tanto al ser humano como al cosmos. Nótese como Platón pasa – si se nos permite por mor de la comprensión el símil fotográfico – desde el “teleobjetivo” que se centra en la visión del ser humano al “gran angular” que se orienta hacia lo infinito, hacia lo ancho, hacia lo universal que contenga un plano de existencia: Dios es infinitamente y sin ambages pura bondad.

Precisamente por ello los males no cabe inferirlos a partir de Dios ni directa ni tampoco indirectamente, ni contra el hombre ni contra el cosmos. No pueden de ninguna manera reputárseles dichos males a Dios.

Entonces, ¿a quién o a qué deben reputarse la existencia de los males que acaecen al hombre y al cosmos? … Es para Platón indiscutible buscar otra causa que no sea Dios y es evidente que ella no hay que hallarla jamás en las ideas mismas, pues ellas son de por sí mismas espirituales y por lo tanto divinas y exentas de mal.

El mal no puede proceder de las ideas porque ellas participan y son participadas por el principio primero que como ya hemos señalado es lo Uno, el bien, la bondad, lo verdadero, lo que ES.

El mal, en consecuencia, no puede surgir de lo que es, léase del ser, sino únicamente puede aparecer a partir de lo que no es, es decir del no - ser, que no es equivalente a inexistencia sino a materia.

Siendo entonces el mal ausencia de bien, la entidad del mal es – por así decirlo – frágil e inconmensurablemente inferior al bien. [4] Mientras el bien ordena, su ausencia, es decir el mal, provoca ingentes desórdenes contra los seres humanos y contra la vida ordenada en su generalidad allá dónde esta se halle.

Ahora bien, a pesar de su “fragilidad” inherente y de su inconsistencia el mal y el bien pugnan en nuestro mundo siendo el lugar más radical de dicha pugna el ser humano mismo.[5]

En efecto, puesto que la propia alma humana, encerrada y apesadumbrada en un cuerpo, sufre permanentemente la tentación del mal “via corporis”.

Evidentemente este sufrimiento que Platón describe como terrible y dramático es el resultado del encerramiento que sufren las almas en los cuerpos ya que mientras el alma es de naturaleza buena, pura, espiritual y por ello integradora y ordenada, el cuerpo es todo lo contrario, de naturaleza mala, material y por esta misma razón desintegrador y desordenado, circunstancia que manifiesta fundamentalmente tanto su anarquía como su permanente tendencia hacia la independencia de Dios, origen de cualquier sufrimiento.

El alma, al ser divina, es por ello naturalmente buena mientras que el cuerpo al rechazar permanentemente lo divino es esencialmente tendencioso y malo.

Es especialmente en el “Theetetis” dónde el filósofo ateniense desarrollará este pensamiento anterior al razonar que el mal es algo ya no solamente opuesto sino absolutamente extraño y del todo ajeno a lo divino, aludiendo a la yuxtaposición entre el cuerpo y lo material y el alma y lo espiritual.

¿Qué papel ético moral debe jugar en todo este proceso el ser humano? … Para Platón el ser humano está radical y dramáticamente llamado por el bien a alejarse del mal, puesto que la materialidad opera en suerte de obstáculo o trampa que lo cautiva y que lo seduce, debiendo entonces esforzarse en acercarse a Dios para poder así adentrarse en el camino de lo espiritual o de lo anímico, aprendiendo a rechazar las cosas de este mundo que se ordenan en el mismo como tentaciones, y practicando con simpleza, unidad e integración el bien y la santidad pues precisamente la bondad y la santidad son las principales características de Dios.

Quien no ponga en práctica este pensamiento Platón lo concibe definitivamente como un “a - theós”, es decir, un ser negador de Dios, de lo divino y de lo espiritual, alguien desestructurado, desfocalizado, des - organizado ya no sólo en lo moral sino incluso en lo social y peligroso por contravenir no tan solo la lógica divina, sino también el bienestar de la misma sociedad, la polys, convirtiéndose en un ser asocial anárquico y conflictivo en definitiva.

La crítica de Platón hacia este estado de cosas se encuentra más desarrollada y en su escrito acerca de la “Política” y especialmente en uno de sus últimos escritos: el “Timeo” - un texto que sin duda inspirará el “Trifón” a san Justino Mártir - redactado en forma de diálogo socrático que forma a la sazón y a justo título parte integrante de la más granada literatura universal.

Para lo que a nosotros interesa, Platón acude a la figura del Demiurgo, supremo artesano, creador y pergeñador de nuestro mundo sensible y material a imagen e imitación del superior mundo de las ideas, recordemos de las cuales Dios es el principio único y exclusivo.

Si en el origen existía efectivamente el mundo de las ideas perfectamente ordenado y articulado, el Demiurgo tiene que vérselas con una masa de caos, de imperfección, de desorden, informe y propensa al cambio azaroso de la fisicidad. Es cierto que el Artesano supremo introduce orden y armonía en el informe mundo sensible, es cierto también que logra le in-formarlo y dotarlo de inteligibilidad, de inteligencia y discernimiento, pero no obstante todo ello no puede evitar que nuestro mundo no sea un lugar contra-hecho, imperfecto, sensible, por lo tanto contradictorio y repleto de imperfecciones y de disfuncionalidades, ciertamente no un lugar donde reine el caos radical, pero no por ello una copia perfecta del mundo de las ideas.

Por ello y a pesar de la imagen inspiradora a partir de la cual el Demiurgo trabaja, no impide la materialidad del mundo ... De manera que los errores en el orden constituyen el desorden, y que los desajustes en el bien constituyan el mal.

Si la causa del bien es la idea divina de la que participan los seres, la causa del mal no es otra cosa que la materia. No puede negarse el dualismo del ateniense.

La idea solamente puede proceder del Uno – Bien divino – bondad suprema, mientras que la materia se presenta desordenadamente hostil, rebelde e independiente del bien.


Miquel Àngel Tarín i Arisó

+ Per Semper vivit



[1]En este breve análisis de Platón nos inspiramos fundamentalmente en el eminente Antonin – Gilbert Sertillanges, “El problema del mal”, Madrid: Epesa, 1951, un clásico que, a pesar de incluir una bibliografía caduca, todavía no ha perdido en su tenor actualidad


[2]La realidad auténtica no muta pues es eterna y por ello mismo inamovible. Esta realidad solamente puede ser percibida con los “ojos de la mente” ya que es precisamente esta visión la que posibilita el conocimiento perfecto de las formas, de los modelos y de las esencias de las cosas, es decir, todo aquello que poseen en comunidad los objetos similares: ahí radica concretamente el tan famoso concepto de IDEA de Platón, un vocablo proveniente de la palabra indoeuropea VÉIDOS que significa justamente “visión con los ojos de la mente”. Las ideas son entes de sentido de carácter inmaterial, absoluto, inmutable, perfecto y universal desapegadas absolutamente de la fisicidad mundana.


[3]El único mal propiamente dicho es para Aurelio Agustín el mal moral, es decir, aquél que el ser humano realiza mediante el uso de su libre albedrío, lo que sucede cuando el ser humano ejerce su voluntad en contra de los designios divinos revelados. Exactamente igual que para Platón, Agustín cree que el mal no es una creación divina, aunque añada que es un producto de la libertad humana.


[4]Esta fragilidad del mal, que lo reduce a un mero no ser del bien dependiente, ha sido muy criticado en la historia de la filosofía


[5]Baste recordar el famoso mito platónico del “carro alado”. Platón utiliza como probablemente jamás lo ha hecho ningún otro filósofo antes ni después el poder del mito como preceptor del pensamiento. El mito del “carro alado” se encuentra consignado en su obra Φαίδρος (Fedro), un diálogo muy importante en orden al conocimiento de Platón por haber sido compuesto en su época de plena madurez intelectual. El mito compara el alma del ser humano con un carro alado portado por un auriga y tirado por dos caballos con alas, uno blanco representando el bien y otro negro representando al mal. El auriga representa la inteligencia, la racionalidad del albedrío humano. El carruaje es el alma la cual tanto puede marchar cual carro equilibrado hacia el mundo de las ideas – ese es su principal deseo y objetivo - como carro desequilibrado, precipitándose entonces en el mundo de las cosas materiales y sensibles. Es importante destacar que Platón concibe el alma como una potencia dinámica buena idéica y por lo tanto inmortal, otro nexo a tener muy presente entre nuestro pensador y el cristianismo de todas las épocas




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