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¿FUNDAMENTALISMO? NO, GRACIAS.

 

 

El problema del fundamentalismo es siempre recurrente porque, por desgracia, siempre se encuentra ahí, a veces en estado latente, a veces asomando su torva faz por el horizonte y mostrando todo cuanto tiene de negativo y de peligroso para la estabilidad y el equilibrio de las sociedades humanas. Aunque hoy se hable en los medios de comunicación de varias clases de fundamentalismos (políticos, ideológicos en general), este término tiene un significado especialmente destacado en el ámbito religioso, donde se entiende como sinónimo de “integrismo” y de “fanatismo”. De un tiempo a esta parte se viene haciendo hincapié —et pour cause!— en el fundamentalismo islámico, pero no se han de minusvalorar otros fundamentalismos igual de destructivos, aunque no coloquen bombas materiales.

El protestantismo norteamericano, en su vertiente más “evangelical” (1), se ha convertido en la madre de un tipo de fundamentalismo cristiano (2) de corte exageradamente biblicista (3) hoy extendido por todo el mundo de mano de ciertas sectas y grupos extremistas, sobre los cuales se ha llamado muchas veces la atención hasta en los medios de comunicación, pero sin que ello haya logrado como respuesta la necesaria  intervención de quienes tienen sobre sus hombros la sagrada obligación de proteger al ciudadano frente a los abusos y la manipulación mental (4).

¿Por qué es peligroso el fundamentalismo religioso evangelical?, cabría preguntarse. O si lo preferimos, ¿cuáles son las características que mejor lo definen y en las que se evidencia su peligrosidad? En gracia a la brevedad, las sintetizamos en tres.    

La primera de todas, es la IRRACIONALIDAD. Desde la escuela primaria se incide en el hecho de que el hombre, la especie humana, se distingue del resto de los seres vivos que pueblan nuestro planeta por su capacidad de raciocinio. “El hombre es un animal racional”, que se suele decir siguiendo al célebre filósofo griego Aristóteles de Estagira (5). Y ha sido precisamente este rasgo lo que ha permitido el progreso de las sociedades humanas más avanzadas en todos los ámbitos de la existencia, incluso el religioso (6). Dicho de otro modo, también en el terreno de la religión, en el que el hombre se pone en contacto con la Divinidad, la racionalidad juega un papel fundamental. El grave problema del fundamentalismo evangelical es que rechaza cualquier tipo de aproximación racional a las Sagradas Escrituras por creerlas obra directa del mismo Dios, ni más ni menos, lo cual incide en su comprensión del hombre, del mundo y del propio Creador. La Biblia (7), como sabe muy bien el amable lector, no vio la luz de una sentada ni de manos de un solo y único autor, humano o divino; por el contrario, es el producto de largos procesos de transmisión de tradiciones sacras —primero orales, luego escritas—, que alcanzan una redacción definitiva, “canónica”, en un momento posterior y ne varietur. Pero al igual que ciertos sectores del judaísmo antiguo (8) o el islam actual (9), el fundamentalismo evangelical enseña que los textos bíblicos son literalmente inspirados por Dios (en una lectura un tanto fuera de contexto de 2 Tim. 3:16-17), por lo que jamás podrían someterse a los análisis críticos o literarios a los que se somete cualquier escrito humano de épocas pretéritas. Si son “palabra de Dios”, no pueden entenderse como “palabra humana”. Esta manera de enfocar las Sagradas Escrituras cierra la puerta a la comprensión exacta de sus textos por abstraerlos de sus medios vitales y de los condicionamientos socioculturales entre los cuales vieron la luz, con lo que se transforman en meros instrumentos ideológicos en manos de manipuladores y embaucadores sin escrúpulos. Al obstinarse en negar la hechura humana (¡tan evidentemente humana!) de la Biblia, con sus enfoques diferentes de la realidad, sus innegables contradicciones narrativas internas o sus distintas corrientes de pensamiento, el creyente fundamentalista se enfrenta a una lectura angustiosa de un conjunto de escritos que está obligado a creer inerrantes y prácticamente perfectos (10), pero que es imposible que no le causen perplejidad y dudas. La irracionalidad, tengámoslo por seguro, es una agresión a la condición humana, y siempre pasa factura.

La segunda característica, y como consecuencia lógica de cuanto acabamos de decir, es el TEMOR. El fundamentalista es por definición un creyente que siempre tiene miedo, lo reconozca o no. Tiene miedo, en primer lugar, a cuanto le rodea porque se le hace creer que todo es malo y diabólico, que quienes no piensan como él o no se congregan con él son servidores de Satanás y, por tanto, enemigos acérrimos siempre dispuestos a acabar con él y con todo lo que él representa (11). Pero lo más trágico, en segundo lugar, es que ese miedo se convierte en obsesivo cuando se acerca a la propia Escritura, cuya lectura o estudio le genera una gran inseguridad, una terrible desazón. Digámoslo claro: ningún fundamentalista es tan carente de sentido común como para no intuir que el edificio tan presuntamente bien construido que le presentan tiene fisuras, a veces muchas e incluso muy graves. Y el hecho de abrir la Biblia constantemente bajo tensión para rebatir lo que otros piensan o para adquirir un arsenal de argumentos a favor de una postura determinada, puede llevarle a un verdadero desequilibrio emocional cuando se topa de bruces con muchos pasajes que desmienten claramente lo que él piensa, dan la razón a otros puntos de vista o suscitan preguntas que no desearía plantearse, pero que son humanamente inevitables. La vida real, el día a día, enfrentan de continuo al fundamentalismo haciéndole darse de bruces contra situaciones y condiciones que requieren un solo tipo de respuesta: el diálogo abierto y un espíritu de convivencia y comprensión. Estos ideales tan auténticamente cristianos y que debieran asumirse como algo normal, como debe de ser entre los discípulos de Cristo, provocan en las filas fundamentalistas verdaderos descalabros. Aunque en buena teología las palabras de la Biblia requieren una permanente actualización en medio de las sociedades y los tiempos en que se hacen oír, y siempre conforme al Espíritu de Cristo, ello no es posible para mentes cerradas y obsesivas que se empeñan en vivir en mundos inexistentes o en épocas pretéritas desmesuradamente idealizadas.

Nada tiene de extraño, pues, que la tercera y última característica del fundamentalismo que presentamos sea el ODIO. El temor permanente, se quiera o no, genera odio y resentimiento duraderos. Por más que se nieguen a aceptarlo, los grupos religiosos fundamentalistas evangelicales están minados por un odio visceral traducido en agresividad manifiesta contra aquello que en sus filas se condena sin comprenderlo demasiado. El fundamentalismo odia el mundo en que vivimos porque no puede “conquistarlo ¿para Cristo?” (11), porque no logra comprenderlo, pero al mismo tiempo porque no puede abstraerse de él ni de su influencia, por muy demoníaca que la quiera llamar. Su odio contra el mundo, que encubre mal una envidia no disimulada, suele desfogarse con anatemas y condenas de corte apocalíptico en las que se desea y se espera una aniquilación de todo lo existente,  tema este digno de un profundo estudio psicológico o incluso psiquiátrico. Al mismo tiempo, este odio general se centra contra grupos determinados, ya sean civiles (colectivos que cuestionan los valores tradicionales, como los LGTB), ya religiosos, especialmente las grandes iglesias históricas. El fundamentalismo evangelical de nuestros días odia, en efecto, con la misma intensidad a la Iglesia de Roma (a la que quisiera emular e igualar muchas veces, aunque no puede) que al mundo islámico (al que teme), y no ahorra condenas y maldiciones frente a ideologías políticas de tipo izquierdista (13) o el Movimiento Ecuménico, considerados todos ellos como semilla del diablo. Finalmente, y es lo más grave, si bien jamás confesado abiertamente, el fundamentalismo acaba odiando al mismo Dios, cuyos “mandatos” y cuyos “decretos” para con su “pueblo escogido” o “remanente santo” resultan tan difíciles, tan terriblemente duros de seguir, y que ponen al creyente fiel siempre al borde del precipicio. El dios del fundamentalismo, triste es tener que reconocerlo, está en las antípodas del Dios de amor, Padre de todos los hombres revelado en Jesucristo, y se parece enormemente a las imágenes más primitivas de la Divinidad que presentan ciertas tradiciones hebreas veterotestamentarias poco refinadas (14).

Viendo este panorama, que tan solo hemos esbozado muy por encima, de irracionalidad absoluta, de miedo y de resentimiento, nos preguntamos qué futuro puede tener la ideología fundamentalista evangelical en nuestro mundo. Quienes formamos parte de las iglesias nacidas de la Reforma, por otro lado, no dejamos de interrogarnos acerca de esta malaventurada excrecencia del mundo protestante que, cual rama defectuosa y enferma, pareciera minar con un crecimiento exagerado, pero por demás débil, el tronco del cual se ha gestado. El fundamentalismo no surgió porque sí, no se debió a un capricho de unos cuantos iluminados. Hay todo un cúmulo de razones que pueden muy bien explicar su génesis y su desarrollo entre gentes depauperadas, desesperadas o, por lo menos, descontentas permanentemente con situaciones de difícil asunción. La innegable constatación de hecho que viene comprobándose desde hace más de un siglo es que en aquellos cuya formación religiosa cristiana es firme y está bien arraigada el fundamentalismo no se desarrolla, solo lo hace en ambientes de indefinición o debilidad.

Nuestro deseo y oración es que muchos que hoy han caído en la trampa de un cómodo fundamentalismo que blasona de tener todas las respuestas a todas las preguntas, puedan, iluminados por la Gracia de Dios y su Santo Espíritu, hallar en las Sagradas Escrituras el camino de la vida, no de la muerte.

SOLI DEO GLORIA

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga es Delegado Diocesano para la Educación Teológica de laIglesia Española Reformada Episcopal. IERE, Comunión Anglicana 

  1. No existe este vocablo como tal en nuestro idioma, pero lo tomamos prestado del inglés a fin de no ofender injustamente a los cristianos evangélicos tradicionales y afectos al estudio serio de las Sagradas Escrituras.

  2. Para una constatación del fundamentalismo católico véase el breve artículo del P. Raúl Ortiz Toro, “Fundamentalismo Católico”, publicado en , periódico digital colombiano, el 30 de septiembre de 2015.

  3. Suele ser una característica general de todos los fundamentalismos religiosos el apego literal y acrítico a un texto considerado sacro y/o a unas normas, doctrinas o dogmas que se suponen inmutables, cuya infracción conlleva graves consecuencias.

  4. Desgraciadamente, la ambigüedad de las leyes que regulan la libertad religiosa en las sociedades civilizadas ha permitido la proliferación de estas sectas y grupos socialmente peligrosos, ofreciéndoles una especie de cobertura que debiera ser revisada lo antes posible.

  5. Ver , I. “Animal racional: breve historia de una definición” en Vol. 27 (2010): 295-313.

  6. Piénsese, por ejemplo, en el famoso “trípode anglicano”: Sagrada Escritura, Tradición, Razón.

  7. La Biblia en su conjunto, vale decir, Antiguo y Nuevo Testamento. Lo que decimos a continuación es válido para ambos.

  8. Así en el apócrifo IV Esdras 14:21ss se narra cómo, por dictado divino, el escriba y sacerdote Esdras juntamente con otros escribas piadosos reescribió toda la antigua Ley de Moisés (el Pentateuco), cuyos manuscritos originales habrían sido destruidos por los babilonios al tomar Jerusalén.

  9. Se pretende la existencia celestial de una o “madre del libro (sagrado)”, que en la tierra se materializa en el Corán.

  10. A día de hoy y pese a los siglos de historia de la teología transcurridos, nadie puede realmente definir con exactitud qué es la inspiración divina de las Escrituras (en griego) o cómo funciona de hecho. De este concepto tenemos más una noción intuitiva que un conocimiento real.

  11. La obsesión enfermiza por la persecución religiosa y su consecuencia, el victimismo, son de las características más distintivas de las sectas fundamentalistas actuales.

  12. Desde siempre se ha llamado la atención al hecho de que las sectas fundamentalistas tienen, entre otros distintivos, un claro vocabulario belicista o militar ¡aunque luego quieran pasar por pacifistas! Otra de sus grandes contradicciones internas.

  13. A nadie se le oculta la estrecha vinculación ideológica (y monetaria) del fundamentalismo evangelical con la (¿extrema?) derecha norteamericana y el sistema económico capitalista.

  14. Piénsese, por ejemplo, en los libros de Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel o 1 y 2 Reyes, que combinan en sus redacciones finales imágenes sublimes de Dios en la atmósfera del Nuevo Testamento con otras que presentan una divinidad cuasibárbara, sedienta de sangre y henchida de odio contra sus enemigos.

 

 

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