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ABOFETEANDO A JESÚS EL CRISTO SIN CESAR

 

 

No fuimos nosotros quienes salimos al encuentro de Dios sino que fue Jesucristo quien nos advino dinamizado por el Espíritu Santo, amor de Dios, al hacerse uno de nosotros para nuestro bien. Por ello quien confía en Jesús Dios y hombre recibe la salvación como regalo de Gracia, sin más requerimientos ni requisitos por parte de su Padre que es también el nuestro (Jn 14, 9).

De ahí que, en el sistema cristiano, no podamos tener comunión con Dios de no ser a través de Jesucristo y que no podamos tampoco tener ninguna experiencia de koinonia comunitaria con su cuerpo - que es la Iglesia (1Cor 12) - si no es a través de la anámnesis que rememorando explicita su presencia activa entre nosotros (Lc 22, 19; 1 Co 11, 24; 25). 

Con la venida de Cristo al mundo Dios no ha pretendido comunicarnos un “corpus” doctrinal más o menos elaborado que deba ser necesariamente observado, o una experiencia mística extática que articule brumosamente el contacto con lo divino, o una serie de conocimientos teológicos complejos que construyan y que delimiten su comprensión …

 

La comunicación que Dios nos ha deseado transmitir se circunscribe literalmente a la dación de sí mismo en forma de carne humana. Un hecho excepcional y novedoso en la fenomenología de la historia de las religiones. El milagro de piedad y de providencia más grande que nuestra historia jamás haya conocido

Ello es así porque en este acontecimiento Dios se desnudó, se desveló a sí mismo (Fl 2, 6 - 7) con confianza en Dios y en el ser humano y sin ninguna vergüenza de manera total, sublime, radical, eficaz, distinta y definitivamente superior a cualquiera otra revelación anteriormente producida.

 

Si Dios descendió en carne hacia nosotros, si Dios mismo continúa estando siempre a nuestro lado en todo momento y circunstancia mediante su Espíritu que jamás cesa de dinamizar el cosmos, y ello hasta el final de los tiempos, si Dios ha prometido socorrer a los cristianos todos iluminándolos y auxiliándolos permanentemente, tanto cuando menos se lo esperan como cuando  más lo necesitan, si los cristianos permanecemos todos anonadados, sorprendidos y agradecidos por todos estos milagros de amor, si somos todos hermanos en Cristo y sin distinciones confesamos a un solo y único  Emmanuel: ¿Por qué pretendemos entonces confesionalizarlo? ¿Por qué deseamos apropiarlo? ¿Por qué queremos monopolizarlo? ¿Por qué ambicionamos lo imposible y lo absurdo, es decir, que lo inabarcable sea abarcado por y desde el prisma excluyente subjetival - denominacional? ¿Por qué queremos que Jesucristo se adscriba, cómo un siervo sufriente isaítico pero en realidad lo queremos de la gleba, exclusivamente al ámbito de nuestro pequeño y limitado terruño de la denominación cristiana a la que me ha tocado pertenecer porque circunstancialmente mi historia personal así lo ha provocado? ¿Por qué diantres debo tener un plus de verdad sobre mi hermano que pertenece a otra Iglesia que no es la mía? ¿Por qué es él y no yo el que está equivocado? ¿Por qué mi Cristo es superior al suyo? ¿Por qué mi concepto de Dios es más satisfactorio que el suyo? ¿Es que acaso la Biblia y la Santa Tradición que la completa enseñan que existan cristianos por encima de cristianos? ¿Es que un cristiano puede tener más dignidad crística que otro cristiano? ¿Es que, igual que sucediera ayer y sucede todavía desgraciadamente hoy, pues vivimos una época postmoderna pero gnóstica, me salva el conocimiento intelectual que tengo de Dios a buen seguro y únicamente a mi juicio superior que el de mi hermano? ¿Puedo llamar hermano verdadero a quien menosprecio porque su teología es sencilla y limitada o acaso porque la considero tan elevada que la juzgo necesariamente desviada por especulativa? ¿Pueden todas estas circunstancias, que no hacen más que fundamentar de una u otra manera la acepción de personas (Ac 10, 34) formar parte verdadera del único plan del único Dios y de su único Cristo hacia unos únicos así denominados cristianos?

 

Todavía más: ¿Sería yo cristiano si hubiera nacido en el Tíbet y el contexto de mi tradición ancestral vital fuera budista, o en Bangladesh, si el contexto de mi tradición ancestral vital fuera musulmana o si hubiera nacido quizás en Assam y el contexto de mi tradición ancestral vital fuera hindú? ¿Sería yo cristiano si hubiera mamado el ateísmo desde la infancia y mi círculo existencial vital ateo constituyese la base de mi historia personal? … ¿Empero no implica final e igualmente la compasión, clave imprescindible de toda sana religión, la compatibilización de los contrarios? [1]

Demasiados interrogantes cuya respuesta acaso nos irrite e incomode. 

 

Si Dios vino al mundo en la comunión de la unidad Trina participada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo fue para redimirlo y hermanarlo. Jamás para dividirlo. Es el diablo (créase un ser, créase una influencia poco importa esto ahora) quien divide, pues divisor es precisamente lo que significa diablo. Es satánico acusar, pues acusador es precisamente lo que significa satanás.

Hermano mío es todo el mundo que desea ser cristiano. ¿Únicamente? … No, ciertamente, mucho más todavía … hermano mío es todo ser humano sin distinción. Incluso aquel (¿especialmente?) que me vitupera y que me ofende, o que me saca de quicio al arrancarme de cuajo de mis comodidades intelectuales porque mantiene una posición política, intelectual,  religiosa o existencial radicalmente diferente a la mía, o que me fastidia y agobia porque es un tipo tan plomizo y aburrido que me resulta del todo insoportable, o porque cuestiona mis comodidades ético morales, tal vez por tratarse de un migrante pordiosero y miserable que me importuna y que me estorba porque huele mal cuando se acerca.

Estamos amorosamente advertidos y no es baladí: somos mentirosos si decimos amar a Dios y sin embargo no amamos a nuestro hermanos:

1 Juan 4:20

 

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”

 

Y muy especialmente, hermanos míos son aquellos que Jesús mimaba y miraba con candor, sus preferidos, sus escogidos, sus “pequeñuelos”, es decir los “anawim” (Sl 37, 11), los que viven en los límites, los últimos del mundo y que precisamente por ello habían de heredarlo: los pobres[2] , los despreciados, los necesitados, los menesterosos, los marginados, los débiles, aquellos que pasan hambre y que tienen frío porque no tienen donde caerse muertos ni medios económicos para llevarse a la boca una miserable hogaza de pan. Los que lo han perdido todo por culpa de sus esclavitudes, hacia las drogas, hacia el alcohol, hacia el juego o tal vez hacia todo al unisón, los seres humanos que buscando una vida mejor llegan entre congelados y famélicos, derrotados ya desde sus pateras, para finalmente ser explotados y prostituidos por mafias sin escrúpulos mientras yo, oídos sordos o medio sordos, siempre tibio y cómodo, vivo atrincherado en mi casa (¿casas?) con mi familia, lo más seguramente y aisladamente posible en la frontera infranqueable exclusiva y excluyente de mi holgura económica y de mi bienestar físico y psicológico social, lo más apartado posible de cualquier tipo de conflicto humano de calado profundo, no fuera que el asunto me complicase en exceso mi conforte vital.

 

Los cristianos formamos todos un mismo cuerpo cuya cabeza una y única es Cristo (1 Co 11, 3). No hay otra. Y debiéramos amar por igual y sin distinción a toda la humanidad pues todos somos hijos del mismo Padre. Precisamente por ello todos somos hermanos. ¡Qué fácil de decir y qué difícil de practicar dirán algunos! ¡Y cuánta razón tienen! …

 

No es precisamente el cristianismo una religión comprada a medida, estandarizada “prêt–à-porter”, en orden a mi tallaje existencial obedeciendo a la conveniencia de mis gustos personales escogidos en el postmoderno mercadillo de las espiritualidades.

Ahora bien, nunca podremos amar a todos, nunca podremos predicar a Jesucristo, Uno con su Padre y Uno en el Espíritu, Dios en definitiva, mientras no nos amemos y con - fraternicemos previamente los cristianos todos entre nosotros mismos, pues no se puede dar aquello que no se tiene: la unidad en y con Dios.

No cabe duda de que es verdaderamente repulsiva y ominosa la imagen que ofrecemos al mundo con la barahúnda distorsionante de nuestras divisiones, es decir, la de un cristianismo que predica a chillidos desde la cacofonía, desde la división, desde el disentimiento, desde la desavenencia y el conflicto a un solo y a un mismo Cristo, a un solo y a un mismo Dios. Es dantesco y grotesco. Un verdadero homenaje a la sinrazón, una verdadera tragicomedia esperpéntica sin sentido. 

 

Ojalá que las siguientes palabras pronunciadas por Jesús, nuestro Dios común, en el Cuarto Evangelio, de bellísima factura, y conocidas como su oración sacerdotal, emitidas la noche de la última cena, en el contexto de la fiesta hebraica del día de la expiación o “Yom kippur”, durante la cual el Sumo Sacerdote realizaba tres expiaciones: primero por sus propios pecados, luego por los pecados de los sacerdotes y finalmente por los pecados de todo el pueblo, sabiendo que aquella noche “Jesús se dirige al Padre en el momento en que se está ofreciendo. Él, sacerdote y víctima, ruega por sí mismo, por los apóstoles y por cuantos creerán en Él, por la Iglesia de todos los tiempos [3] ” , nos sirvan siempre de pauta y de guía a los cristianos todos, para que busquemos como objetivo prioritario la unidad a través de un trabajo ecuménico esforzado, implicador, permanente, organizado, serio y eficaz, que logre en definitiva cesar de abofetear al Cristo Jesús una y otra vez sin cesar, ante un mundo que nos observa asombrado, atónito, pasmado y boquiabierto delante del indecente e indignante escándalo de nuestras divisiones, de nuestra desunión y de nuestro egoísta autocentramiento: Jn 17, 11 - 25 11 Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. 12 Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. 13 Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. 14 Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15 No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. 16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17 Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. 18 Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. 19 Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. 20 Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, 21 para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22 La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23 Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24 Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. 25 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Andrés Ortiz – Osés, www.euskonews.com/ug/urteko/2017/andres-ortiz-oses. Consulta realizada el 1 de Diciembre de 2018.

 

 

[2] Xavier Pikaza, “Los pobres de Jesús, los pobres de hoy” www.redescristianas.net/los-pobres-de-jesus-los-pobres-de-hoy.Consulta realizada el 1 de Diciembre de 2018:

 

 “Más que una religión en el sentido espiritualista (intimista), más que una organización social (estado bien estructurado), Jesús fundó un movimiento liberador especialmente dirigido a los más pobres (marginados, hambrientos) de su tiempo. De esa forma conoció los varios espacios de opresión de donde provienen actualmente la mayoría de los encarcelados. No se mantuvo en el desierto como Juan Bautista, esperando que llegaran los penitentes, para iniciar con ellos un camino de conversión. No fundó una escuela de sabios hermeneutas de la ley, ni un grupo de orantes separados (= fariseos), sino conoció las opresiones y compartió los sufrimientos de los últimos del mundo, muriendo en el centro de la conflictividad social y humana de su tiempo. Por eso su actitud sólo se entiende y sólo puede asumirse allí donde la iglesia (los cristianos) son capaces de encarnarse como él en el centro de la conflictividad humana”

 

 

[3] Benedicto XVI, Audiencia General, Roma, Sala Pablo VI, Miércoles 25 de Enero de 2012.

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