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O ¿NECESITAMOS “PROBAR” LA VERACIDAD DE LA BIBLIA?

 

 

Con la expresión latina ya consagrada magnalia Dei se hace referencia en los ambientes teológicos y exegéticos a las grandes gestas divinas, los hechos portentosos de Dios en los acontecimientos humanos que marcan los hitos de la Historia de la Salvación y que son accesibles a nosotros básicamente por el testimonio de las Sagradas Escrituras. Así lo ha entendido la Iglesia universal de Cristo desde el primer siglo de nuestra era hasta hoy.

Pero a partir de la segunda mitad del siglo XVIII y a lo largo de los siglo XIX y XX, cuando más se han desarrollado los métodos de estudio crítico de las tradiciones bíblicas, han surgido en ciertos ambientes ultraconservadores, especialmente en el mundo así llamado “evangélico”, reacciones a veces agresivas que reivindican la historicidad absoluta de las narraciones sacras como una necesidad para los creyentes. En tales entornos pareciera que se hubiese convertido en un imperativo “probar”, “demostrar” científicamente o por medio del testimonio arqueológico que “la Biblia tenía razón”[i] para de este modo hacer frente a las afirmaciones de “ateos”, “descreídos”, “liberales” y “enemigos de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras”, categorías que esos círculos no siempre distinguen bien ni tan solo saben definir convenientemente, como hemos comprobado en múltiples ocasiones.

Así las cosas, hallamos en las narraciones bíblicas alusiones (más que descripciones detalladas) a realizaciones divinas, intervenciones extraordinarias de Dios en el tiempo y el espacio humanos que recibimos exclusivamente por la fe, sin que ni por asomo podamos medirlas o computarlas de acuerdo con nuestros criterios y nuestros conocimientos. Vamos a mencionar muy brevemente tan solo tres, las que la finisecular teología cristiana ha considerado más trascendentales y que se resisten a toda “prueba” o “demostración”.

La primera de todas ellas es, por orden lógico, la CREACIÓN del mundo y de la vida. Sobre este tema se ha escrito y se ha dicho mucho desde hace unos cuantos siglos, y siempre con el mismo resultado: es humanamente imposible “demostrar” que hubo una creación original de manos de un Creador. Teorías como la del famoso Big Bang, la más ajustada a lo que debió ser la realidad del origen del universo[ii], según algunos, plantean más interrogantes que respuestas, y por mucho que la geología o la paleontología ofrezcan datos concretos acerca de la existencia de ciertos seres primigenios y de alteraciones cataclísmicas a lo largo del tiempo que ha durado nuestro planeta Tierra, la cuestión sigue en el aire: no está a nuestro alcance “probar” una creación ni la realidad de un Creador. La ciencia trabaja con hechos y objetos computables. Dios y su creación escapan a ese ámbito[iii]. Pero en tanto que creyentes nos preguntamos: ¿Tenemos una necesidad real de “demostrar” que Dios es el Creador del mundo? ¿No nos es más que suficiente que el primer versículo de la Biblia afirme de manera lapidaria: En el principio creó Dios los cielos y la tierra[iv]? Nuestra fe parte de la idea de la trascendencia de Dios, vale decir, que Dios no forma parte de este mundo. El acto creador de Dios, que tiene lugar en el principio se halla fuera de nuestro horizonte. No podemos pretender que ciencias humanas alcancen algo que está más allá de nuestras capacidades de comprensión o que, peor aún, reduzcan al Creador a un mero objeto de estudio en un laboratorio. El creyente no precisa del apoyo de la ciencia para creer lo que la Revelación afirma; entendiendo que la fe y la ciencia ocupan áreas distintas (lo que no significa forzosamente “opuestas” ni “contradictorias”), puede muy bien discernir en los procesos que marcan el desarrollo del mundo y de la vida la mano del Creador, pero jamás podrá demostrarla. Le bastará con creerlo.

La segunda la hallamos narrada en el capítulo 14 del libro del Éxodo, donde leemos que el pueblo de Israel dirigido por Moisés vive el hecho capital para su historia que tradicionalmente llamamos EL PASO DEL MAR ROJO[v]. Efectivamente, este evento será recordado a lo largo de todo el Antiguo Testamento[vi] y alguna que otra vez en el Nuevo[vii], en tanto que prodigio que dio la libertad a Israel del yugo egipcio y devino por ello símbolo de la redención del género humano. Dios abre el mar para que los hijos de Israel pasen a la otra orilla y lo cierra sobre los carros de Faraón que los perseguían. Los problemas literarios que plantea esta narración, que según los especialistas recoge aportes de distintas tradiciones, son varios y todos ellos harto interesantes, pero nadie niega su enorme valor teológico en tanto que gesta divina en lo referente a la Historia de la Salvación. De ahí que plantear la cuestión de si se puede “demostrar” que esa travesía de Israel por el lecho marino fue algo real se nos antoje como un absurdo. Por más que algunos fundamentalistas radicales se empeñen en ello, desde el tristemente célebre Ron Wyatt hasta cuantos hoy se dedican a emborronar las redes sociales con “aportaciones arqueológicas irrebatibles” sobre el asunto, resulta de todo punto imposible probar lo que la narración sagrada nos transmite. Ubíquese donde se quiera[viii], explíquese como mejor le parezca a cada uno[ix] esta gran manifestación del poder salvador de Dios, lo cierto es que no se pueden encontrar las huellas de los israelitas bajo el mar[x] ni tampoco hay constancia alguna en los anales egipcios de un hecho semejante[xi]. Por decirlo de manera clara y concisa: no se puede demostrar en absoluto que el relato del Éxodo tenga validez histórica tal como hoy entendemos esta especialidad académica. Pero ello no implica que sea un relato fantasioso o ficticio; simplemente, el hecho que refiere no puede ser constatado por los métodos de la historia. Pero, a decir verdad, tampoco hace ninguna falta. El creyente que hoy lee en su biblia cómo Dios liberó a aquel su pueblo de la antigüedad de manos de un imperio opresor, recibe de esa narración un hermoso e inspirado mensaje que no precisa de “pruebas” ni “demostraciones”. No se puede presentar ante el gran público como algo tangible que nadie pueda rebatir o cuestionar. Solo se puede creer.

La tercera es, conforme al parecer de muchos biblistas, la más trascendental de todas, la más importante. Nos referimos a LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, el acontecimiento capital proclamado por el Nuevo Testamento en su conjunto y del cual no hay registro bíblico alguno. Los cuatro Evangelios consagran un capítulo a las apariciones del Señor Resucitado: San Mateo 28, San Marcos 16[xii], San Lucas 24, San Juan 20 y 21[xiii], pero ninguno de ellos narra stricto sensu la Resurrección. El relato de San Mateo 28 ofrece cierta pincelada de lo que podría entenderse así (el ángel que desciende del cielo, el terror de la guardia romana, la apertura del sepulcro), pero en realidad no lo es[xiv]. De ahí que cometan un error los editores actuales de la Biblia cuando colocan el título “La Resurrección del Señor” o similares encabezando estos capítulos indicados o algunas de sus partes. El Nuevo Testamento no contiene relato alguno de la Resurrección del Salvador; hemos de acudir a las narraciones fantásticas de los llamados “evangelios apócrifos”[xv] para leer una historia de este magno evento que pone el broche de oro a la Historia de la Salvación del género humano[xvi]. De ahí que, una vez más, las “demostraciones” o las “pruebas” científicas, arqueológicas o de otra índole sean imposibles en relación con este hecho. Los apóstoles y la primera Iglesia creyeron en la Resurrección del Señor porque vieron a Cristo Resucitado y hablaron con él, simplemente. A partir de ahí dieron testimonio de esta gran verdad sin intentar demostrarla. Nadie puede demostrar algo que escapa por completo al horizonte de comprensión del ser humano, como es este suceso. En vano los apologistas del fundamentalismo de nuestros días se empeñan en argumentar a favor de este hecho alegando la tumba vacía. En todos los cementerios del mundo ha habido y hay tumbas vacías, pero a nadie se le pasa por la cabeza pensar que sus ocupantes hayan resucitado. La Resurrección de Cristo quedará siempre envuelta en el misterio de Dios, pero al mismo tiempo constituirá la base de la fe cristiana, como leemos en el testimonio neotestamentario y en los credos de la Iglesia universal.

Concluyamos.

Las Sagradas Escrituras nos transmiten una Historia Salvífica en la que el protagonista es Dios, no los hombres. Los hombres somos los beneficiarios de la obra divina, no sus ejecutores. De ahí que las gestas divinas queden siempre al margen de las comprobaciones humanas. No pueden ser aprehendidas por el mero conocimiento o sus métodos científicos. Lo que precisan es fe y la fe va más allá de lo aparente, de lo cotidiano.

Dios ha intervenido en el decurso histórico de la humanidad para introducir, como una cuña, hechos portentosos que tienen un significado redentor evidente, desde la Creación hasta la Resurrección de Cristo, pasando por la liberación de Israel en el mar Rojo y otros eventos que no hemos mencionado, pero de similar calibre. Nada de ello se presta a una comprobación de laboratorio o a una demostración fehaciente desde el punto de vista de las ciencias objetivas. Precisamente porque son realizaciones de Dios, es decir, ajenas a lo puramente terreno. Por ello, una fe cristiana madura no se empeñará ni en la búsqueda de evidencias de los relatos bíblicos ni en una apología absurda contra quienes nieguen su veracidad. Dios no intervino en la historia de la humanidad para dejar pruebas o demostraciones de su existencia, sino para redimir, para salvar, para redignificar al ser humano caído. Ahí está nuestra tarea como creyentes. Lo otro es simplemente perder el tiempo.

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

 

 

 

[i] Y la Biblia tenía razón es el título de una obra escrita por Werner Keller, publicada en castellano por Ediciones Omega en 1985, que se alzó en su momento como paladín de estas ideas.

 

[ii] “La Gran Explosión”. Enunciada como tal a partir de 1948 por George Gamow, partiendo de los trabajos previos de otros científicos de talla, entre ellos Albert Einstein.

 

[iii] De ahí que, pese a sus pretensiones científicas, la llamada Teoría del Diseño Inteligente, que ve la luz en la década de los 80 del siglo XX, no pueda ser considerada como tal, sino como una filosofía.

 

[iv] Todas las referencias bíblicas las tomamos directamente de la versión RVR60.

 

[v] El capítulo 15 contiene en sus primeros versículos el llamado Cántico de Moisés y de María, composición poética reputada como una de las más antiguas de la Biblia, y que recuerda el paso del mar Rojo desde un punto de vista épico.

 

[vi] Josué 2:10; 4:23; 24:6; Salmos 106:9; 136:13.

 

[vii] 1 Corintios 10:2; Hebreos 11:29.

 

[viii] Lagos salados hoy inexistentes, el Mediterráneo, el golfo de Áqaba, el golfo de Suez.

 

[ix] Vientos desatados, mareas más violentas que lo habitual, terremotos.

 

[x] Los famosos carros encontrados, según Ron Wyatt, en el golfo de Áqaba que demostrarían que tuvo lugar allí el paso del mar Rojo, han sido desmentidos (como todos los “hallazgos bíblicos incontrovertibles” de este personaje) y catalogados como un montaje tendencioso y deshonesto.

 

[xi] Ni tampoco tendría por qué haberla, como de otros muchos acontecimientos que tuvieron lugar en la historia de aquel país, y que nos son accesibles por crónicas extranjeras.

 

[xii] Solo los primeros ocho versículos. El resto que leemos por lo general en nuestras versiones actuales de la Biblia, como ha indicado una buena exégesis crítica, es un añadido posterior.

 

[xiii] El Evangelio según San Juan añade el 21 como un apéndice redactado por un discípulo del Discípulo Amado.

 

[xiv] Todo viene a indicar que cuando el ángel abre el sepulcro, ya estaba vacío. Jesús no se encontraba allí. O lo que es lo mismo, el ángel viene a corroborar que la Resurrección del Señor ya ha tenido lugar, no a mostrarla.

 

[xv] Especialmente el llamado Evangelio de San Pedro.

 

[xvi] Tales narraciones, llenas de colorido e imágenes impactantes, responden sin duda a la necesidad que tuvieron los cristianos primitivos de “llenar” el vacío generado por el silencio de los Evangelios canónicos y de las tradiciones subyacentes en relación con este magno evento.

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