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EL PRIMER RELATO DE LA CREACIÓN, UNA HISTORIA QUE NOS DESAFÍA EN EL SIGLO XXI

 

 

Cuando hablamos del “Primer Relato de la Creación”, nos referimos al texto contenido en Génesis 1:1 – 2:4a, delimitación señalada desde hace mucho tiempo por los estudios críticos más serios, y hoy considerada ya como una “adquisición para siempre”[i]. En nuestros días, cuando ya estamos casi a punto de finalizar la segunda década del siglo XXI de la Era Cristiana, podemos dar gracias a Dios por el privilegio de leer un relato como este, y como otros muchos de las Sagradas Escrituras, sin necesidad de controversias apologéticas ni discusiones por el estilo. Lejos queda ya la guerra declarada a las enseñanzas evolucionistas acerca del origen del mundo, la vida y el propio hombre, que orquestó el fundamentalismo americano de finales del XIX y comienzos del XX en aras de una defensa mal entendida de la palabra de Dios. Aunque algunos se empeñen en mantener actualmente la beligerancia acerca de estos asuntos, hemos de reconocer que se trata de círculos cada vez más restringidos y más desprestigiados[ii]. A la Iglesia universal de Cristo no le asusta el avance del conocimiento científico sobre nuestro mundo y sus comienzos, ni tampoco puede caer en la trampa de enarbolar banderas equívocas debido a una mal entendida hostilidad entre ciencia y fe. 

Dicho esto, el Primer Relato de la Creación continúa lanzando a la humanidad, sin excluir a los propios creyentes, el desafío que supone la realidad de Dios en su faceta de Creador de todo cuanto existe. La magistral redacción de Génesis 1:1 – 2:4a, que hace de esta historia una de las joyas más grandes jamás legadas por la Antigüedad al elenco cultural de todo el género humano, supone, además de un gran dominio del idioma en que fue redactado, una reflexión muy profunda y muy bien dirigida sin duda por los círculos levíticos y sacerdotales judíos de la cautividad babilónica, confrontados como estaban a un mundo completamente ajeno a las tradiciones más sagradas de Israel y salpicado de mitos cosmogónicos y teogónicos ante los cuales los judíos no tenían más respuesta que su fe monoteísta. De ahí que este relato sea una declaración teológica del más alto nivel, cuyo contenido podemos resumirlo en tres ítems enunciados como sigue:

1º) LA REALIDAD DE DIOS. “Bereshith bará Elohim”, leemos en su primer versículo (1:1). Son sus tres primeras palabras, que traducidas literalmente significan “en un principio[iii] creó Dios”. Ha sido un gran acierto por parte de los sacerdotes y levitas recopiladores de las historias ancestrales y disposiciones que componen el Pentateuco colocar este relato en cabeza, de manera que con él se inicie el conjunto de la Santa Biblia, postergando otras tradiciones y otros textos de mayor antigüedad. Lo cierto es que, al contrario de los mitos súmero-acadios que colorearían las religiones mesopotámicas, el autor inspirado del Primer Relato de la Creación presenta a Dios desde el primer momento de su narración sin indicar su origen: el Dios de Israel SIEMPRE está, siempre ES, desde antes del comienzo de todo cuanto existe. Una declaración de tan sencillo enunciado (¡solo tres vocablos!) sigue abrumando al lector actual de la Biblia por lo inabarcable de su contenido. Más aún, continúa desafiándole a considerar la realidad de un Ser que carece de principio y cuya existencia escapa a cualquier intento de racionalización posible. Dios, el Elohim de Gn. 1:1, no está al alcance de la mente humana precisamente por ser Dios, no solo “un” dios de los muchos de los panteones antiguos. De este modo, el Primer Relato de la Creación constituye de por sí un gran reto: no podemos cosificar a Dios ni encerrarlo en un esquema teológico o filosófico determinado. Ni tan solo nos es dado el ubicarlo o localizarlo en lugares u objetos sacros concretos. La realidad de Dios está más allá de toda teología o filosofía especulativas, e incluso de toda práctica religiosa imaginable. La teología de este relato es precisamente ajena a toda especulación: lo único que nos es dado saber de Dios es que siempre está y que siempre actúa. De ahí el segundo ítem:

2º) DIOS CREADOR DEL MUNDO Y DE LA VIDA. Todo el relato de Gn. 1:1 – 2:4a, si hacemos abstracción de su insuperable forma literaria —un poema de enorme magnitud conceptual e impactante y vitalista colorido—, constituye en esencia una alabanza permanente al Dios de Israel por ser el origen de todo cuanto existe. La creación del mundo y de la vida, que se ajusta en la narración al arcaico esquema cosmológico cielo – tierra – aguas y le da una dimensión temporal puramente judía y litúrgica[iv], supone un acto de poder, pero al mismo tiempo una explosión de sentimiento: Dios declara cada cosa creada “buena” (1:4,10,18), para concluir diciendo que todo había resultado “bueno en gran manera” (1:31). Crear significa, pues, para Dios deleitarse en lo creado, gozar con su obra; en definitiva, amar su propia creación. Frente a los dioses de las mitologías paganas, que crean por necesidad impuesta o por error, pero jamás con aprecio por lo que hacen, el Dios de Israel crea porque ama. Así, el mundo es bueno y la vida que lo puebla también. Carece de sentido, por tanto, cualquier filosofía que haga de nuestra Tierra un infierno o una desgracia, o que pretenda explicar la vida como un error de fuerzas ciegas que operen en el universo. El Primer Relato de la Creación nos dice que el mundo tiene un propósito, que la vida que lo puebla no está ahí porque sí y que es como es simplemente porque Dios lo ha querido. Cuando hoy las ciencias paleontológicas en sus distintas ramas nos explican los procesos, a veces muy largos, de formación de los seres vivos y sus distintas etapas, sus adaptaciones permanentes al medio y su lucha por abrirse camino en entornos no siempre favorables, podemos vislumbrar como a lo lejos la realidad de un Creador que trabaja para que sus criaturas encajen en un esquema previo que es bueno, que es hermoso, que tiene un propósito de proclamación de gloria a su Hacedor.  

3º) DIOS CREADOR DEL HOMBRE. Y todo lo dicho alcanza su culminación en 1:26-30, cuando el autor del relato narra con fina intuición teológica el origen de la especie humana. No ignora el hagiógrafo que el hombre es un ser como los demás que le han precedido en la Tierra, sometido a las mismas circunstancias y avatares que el resto, dominado por idénticas leyes que las que rigen a las otras criaturas. Pero al mismo tiempo señala que hay algo diferente en él: lo llama de manera gráfica “imagen” y “semejanza” de Dios, es decir, alguien que recuerda a Dios y por ello ejerce dominio sobre los demás seres. De ahí que la creación del hombre constituya un acto especial dentro de la trama narrativa del poema, una puesta en escena que nos habla de la grandeza de nuestra especie en el conjunto terrestre. El hombre resulta, en conclusión, una criatura que participa por naturaleza de dos mundos, de dos dimensiones, la terrestre y la divina. He ahí toda nuestra grandeza y, como algunos señalarían, también toda nuestra pequeñez[v]. Aquí se encuentra la explicación más sencilla, pero al mismo tiempo más trascendente, de los porqués que acompañan nuestra existencia, de nuestras luchas incluso contra nosotros mismos, de nuestras disquisiciones sobre todo cuanto nos rodea, de nuestro anhelo permanente de superación venciendo los obstáculos naturales que nos limitan, sin olvidar nuestra tendencia a buscar lo infinito, lo inefable, lo eterno. Criatura especial desde el principio, el hombre lleva en sí el sello del Creador, lo que implica grandes desafíos morales en su trato con el mundo y con sus semejantes, así como en su autovaloración. La imagen y la semejanza de Dios, que todos los seres humanos poseemos como elemento constitutivo de nuestra condición de tales, marca nuestro tránsito por esta Tierra y nuestra relación con el Creador.

Como señalábamos al comienzo, este Primer Relato de la Creación sigue desafiándonos hoy en el siglo XXI, y lo hace con cada lectura que realizamos sobre él, pues su mensaje es susceptible de nuevas implicaciones y diversos enfoques.

Todo ello para alabanza y honra del Creador.

SOLI DEO GLORIA

 

 

 

 

 

[i] “Ktema eis aeí”, frase acuñada por Tucídides (Historia de la Guerra del Peloponeso I, 1). Las ediciones actuales de la Biblia tienen en cuenta esta delimitación a la hora de distribuir el texto genesíaco. Incluso la Biblia Hebraica Stuttgartensia (BHS) estructura el texto hebreo conforme a esta aportación de las ciencias bíblicas.

 

[ii] Quienes hacen del libro del Génesis un arma arrojadiza contra las disciplinas paleontológicas suelen también ser abanderados de ciertas ideas político-sociales de lo más retrógrado, especialmente en países como los EE.UU.

 

[iii] La actual puntuación masorética del vocablo exige esta lectura, no “en el principio”, pese a la reiterada tradición de los traductores.

 

[iv] Los seis días de trabajo —que los antiguos designaban con el término griego “hexamerón”— más el día séptimo consagrado al reposo.

 

[v] Aunque la pequeñez del hombre propiamente dicha se hace más patente en el Segundo Relato de la Creación: Gn. 2:4b-25, fruto de otra tradición distinta, pero no por ello menos inspirada ni inspiradora.

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