Soy anglicano



Ser anglicano no es sino una más entre las múltiples formas de ser cristiano. Sin embargo, desde que hace ya tres años abrazara la tradición anglicana, mi condición de cristiano me ha llevado, felizmente, hasta cotas en su día inimaginables.


La iglesia anglicana o, mejor dicho, la Comunión Anglicana, es, al contrario de lo que muchos piensan, una iglesia católica. Católica, en su etimología griega, significa “universal”. De ahí el término Comunión Anglicana, que engloba a todas y cada una de las iglesias nacionales presentes a lo largo y ancho del globo terráqueo.


Sin embargo, la iglesia anglicana es también una iglesia reformada. Dicha vocación reformadora no está sólo presente en su momento fundacional, sino que el instinto reformador se ha mantenido incólume con el correr del tiempo. De hecho, el anglicanismo ha hecho de la actitud reformadora una bandera. Escándalo para algunos y comunión con los nuevos aires del pensamiento contemporáneo (ideología de género y feminismo), la ordenación de mujeres revela el modo en que una iglesia desea ser fiel a su tradición y, a un tiempo, abrir sus ventanas para que entre un aire fresco siempre renovador.


Soy anglicano porque soy católico (universal) y me siento hermano -en Cristo-, en primer lugar, de esta aldea global llamada mundo; y, en segundo lugar, porque soy católico y me siento hermano de todo el orbe cristiano, independientemente de sus credos (católico-romano, protestante, ortodoxo, copto, armenio…).


Si bien fui bautizado en el seno de la Iglesia Católica Romana, nunca encontré mi lugar en ella. Mi talante inconformista y mi espíritu de búsqueda me llevaron muchas veces a poner mi fe a prueba, a sazonar mi creencia y vocación al seguimiento de Cristo con el implacable rasero de la razón. Lejos de encontrar respuestas razonadas o explicaciones racionales, me topé con puertas cerradas a cal y canto. Y lejos de ver en mi a un inconformista en actitud de búsqueda, muchos vieron en mi a un enemigo a batir o, lo que es peor, a un loco. Un demente cuyas únicas faltas pasaban por preguntarse por qué un sacerdote nunca podría contraer matrimonio incluso en el caso de que no hubiera sido bendecido (agraciado) con el don del celibato.


Soy anglicano porque la fe que profeso no me convierte en un esclavo o en un ser humano que vive por debajo de sus posibilidades. En la Comunión Anglicana, la afirmación cristiana “la verdad os hará libres” alcanza su mejor expresión. Y, aunque sea harto difícil describir la verdad, justo es decir que afirmar que Cristo me libró de la muerte y que hay un Dios que me ama, por mediación del Espíritu Santo es considerada una gran verdad en el seno de la Comunión Anglicana.


A partir de esta consideración, la fe cristiana deja de ser un conjunto de normas y obligaciones para convertirse en un credo liberador. Soy anglicano porque, además de haber burlado a la muerte en Cristo, soy también libre para adherirme al designio de salvación del Padre Eterno. Su amor incondicional me libera de todas las ataduras, incluyendo a las ataduras impuestas por cualquier credo que no tenga en su centro a la persona humana.



Soy, pues, anglicano, porque, como reza el slogan de mi parroquia, somos gente ordinaria amada por un Dios extraordinario. El vicario de mi parroquia es homosexual y tuvimos, no hace mucho tiempo, a una mujer por sacerdote titular. En mi parroquia hay fieles ricos, fieles de clase media y fieles con dificultades para llegar a fin de mes. A nadie se le exige una hoja de servicios impecable. Llegamos desnudos ante la presencia de Dios, sabedores de que no somos ni siquiera dignos de la gracia que el Padre Eterno nos otorga a través de la entrega de su Hijo, con la siempre necesaria inspiración del Espíritu Santo.


Soy anglicano, en definitiva, porque me sé victorioso… y no precisamente por mis buenas obras. En realidad, es la salvación de Dios a través del Redentor la que me permite desechar al hombre viejo y, entonces sí, dar fruto y fruto en abundancia; de modo que mi obrar sea el mejor testimonio de mi fe y así ganar almas para Cristo.





Periodista. Teólogo. Navarro, residente en Londres.

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