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SER CRISTIANO HOY (PRIMERA PARTE)

 

DESMONTANDO MITOS Y SENTANDO REALIDADES

 

 

 

 

 

 

 

Los recuerdos de infancia que podemos mantener en la memoria, querámoslo o no, marcan nuestra vida y le dan unas improntas imborrables. Nos hacen ser lo que realmente somos, corroborando, sin duda, aquello de “ese niño que todos llevamos dentro” del dicho popular. En esta ocasión evocamos uno de esos recuerdos, concretamente el que más nos ha acompañado y que sigue muy presente en nuestra trayectoria vital hodierna. Como si lo estuviéramos estudiando en este mismo momento, sentados en aquellos pupitres de estilo antiguo que aún se conservaban en las escuelas nacionales de los años 60, acuden a nuestra memoria las dos primeras preguntas del así llamado entonces “Catecismo nacional” para instrucción de los más pequeños en las verdades esenciales de la fe cristiana. En esta primera parte tan solo traeremos a colación la primera de ellas, reservando la segunda para la siguiente.

Rezaba así:

“P. ¿Eres cristiano?

R. Soy cristiano por la gracia de Dios”.

Lo acabamos de decir: se trata de un recuerdo persistente, una pregunta (con su respuesta) que nos viene de continuo a las mientes y que nos ha impulsado a lo largo del tiempo a una profunda introspección en nuestras convicciones religiosas más profundas y en su génesis.

Somos plenamente conscientes de que al compartir estos pensamientos nos emplazamos frente a los sectores más radicales del cristianismo occidental contemporáneo, el mundo de las sectas y grupos “evangelicales”[i] de origen anglosajón transoceánico, y sus peculiares concepciones sobre lo que significa ser cristiano y la manera de conseguirlo. De este modo, enarbolamos una bandera distinta, la de quienes hemos tenido el privilegio de llegar a la fe por la exclusiva Gracia de Dios (escribimos aposta la palabra “Gracia” con mayúscula) y atravesando cauces que tales facciones difícilmente pueden aceptar, pues contradicen sus postulados distintivos. Lo resumimos en tres puntos muy sencillos que podemos designar con los nombres de “nacimiento”, “educación” y “asunción”, respectivamente.

NACIMIENTO. No nos referimos a lo que en ciertos sectores religiosos de nuestros tiempos se denomina “nuevo nacimiento” o “nacer de nuevo”, expresión tomada literalmente de unas palabras dichas por Jesús referidas en Jn. 3, 3 y no siempre bien comprendidas ni demasiado bien expuestas[ii]. Aludimos simple y llanamente a nuestra venida a este mundo como miembros de la especie humana. A quienes hemos tenido el privilegio de ver la primera luz en el seno de familias de cultura y profesión de fe cristiana, y hemos recibido por ello el sacramento correspondiente (el bautismo), se nos ha concedido el regalo de iniciar nuestro periplo vital ya como cristianos, aunándose de este modo el simple hecho biológico de un nacimiento con el profundo significado espiritual que le atribuyen las Sagradas Escrituras. Es evidente que no hemos traído con nosotros a la existencia un doctorado en Sagrada Teología, ni siquiera una biblia bajo el brazo; tampoco tenemos en esos momentos clara conciencia de nuestro propio ser, ciertamente, pero se nos ha dado el don de empezar a respirar dentro de la comunidad de los fieles cristianos, que nos ha recibido con gozo, y de ser bautizados en la fe de la Iglesia universal de Cristo que un día será la nuestra. No pretendemos con ello reafirmar, ni mucho menos, aquella tesis de Tertuliano de Cartago que hablaba del “anima naturaliter christiana”[iii], sino tan solo ratificar una realidad que es patente cada día desde hace casi veinte siglos en las naciones de cultura y civilización cristiana. El sacramento del bautismo, signo visible de esa Gracia incomprensible de Dios, anticipa de este modo, conforme a la gran misericordia de nuestro Padre celestial. lo que vendrá después en nuestra vida. Venimos a este mundo por la Gracia de Dios y, en algunos casos, venimos para ingresar de entrada en la gran familia que es el pueblo del Señor. Simplemente porque él así lo quiere[iv] y sin mayores aspavientos.

EDUCACIÓN. La fe se educa. Es un postulado irrebatible, pues se cimenta en la realidad de millones de personas a lo largo de toda la historia del cristianismo, desde sus inicios en el siglo I hasta hoy. Dios nos concede la fe como un obsequio de su Gracia —o como un don del Espíritu Santo, si nos atenemos a las declaraciones de San Pablo Apóstol en Gá. 5, 22-23—, pero no crece por sí sola; precisa de ciertos estímulos, de ciertas condiciones adecuadas para ir franqueando etapas y alcanzar su estado de madurez. Quienes hemos nacido en la comunidad cristiana vivimos desde nuestra más tierna infancia un proceso de desarrollo de los conceptos básicos, de las enseñanzas fundamentales que conforman esa fe. La familia, la iglesia (catequesis parroquial o escuela dominical, según los casos, sin negar la importancia de los servicios cúlticos regulares[v]) y en algunos lugares la propia escuela[vi], pública o privada, van señalando los hitos del camino de la fe en su evolución. Cualquier pequeño educado en un entramado familiar cristiano no solo aprende acerca de Jesús, su nacimiento (Navidad[vii]), su muerte y resurrección (Pascua) y su ascensión a los cielos (festividad de la Ascensión[viii]), así como su promesa de regresar al final de los tiempos (el Credo[ix]), sino que también adquiere la costumbre de recitar o componer oraciones, el Padrenuestro la más frecuente; y si sus padres o tutores acostumbran a llevarlo a los servicios dominicales, sin duda que ampliará su horizonte de conocimientos en este sentido[x]. Por otro lado, quienes vivimos en la infancia una educación religiosa incluso en las aulas aún recordamos nuestro contacto con los personajes de la “Historia Sagrada” y las lecciones que de ellos se extraían. Los que hoy cursan materias religiosas en los programas de estudios actuales primarios y secundarios también reciben una formación en valores cristianos nada desdeñable y que los enriquecerá como personas y como ciudadanos[xi]. Por medios tan simples como estos la fe y la piedad se abren camino en la vida de los creyentes, y eso es lo que realmente importa.

ASUNCIÓN. Hay un momento en la vida de toda persona nacida y educada como cristiana en que ha de tomar una decisión acerca de todo ese bagaje espiritual y de conocimientos sacros que ha ido adquiriendo. Aunque en nuestra sociedad actual sean muchos los que lo relegan o lo arrinconan, como si no tuviera mayor importancia en su vida, ciertamente no son pocos los que lo hacen suyo y se consideran (y se confiesan) creyentes cristianos. Evidentemente, la mayoría de estos no adoptará como sistema de vida el sagrado ministerio, secular o regular, pero la fe tendrá un lugar en su existencia. No entramos en la debatida cuestión de si tales personas serán “practicantes” o “no practicantes”, pues quien ha hecho suya en un momento la fe de Cristo la conserva en su corazón, sin que nadie deba sentirse autorizado a juzgar en estos asuntos. Lo cierto es que cuantos hemos vivido estos procesos de “nacimiento” – “educación” – “asunción” como experiencia de fe genuina y hoy nos definimos como creyentes en Cristo somos plenamente conscientes de haber sido beneficiarios de un legado de valor incalculable, como si hubiésemos recibido una herencia muy sustanciosa, o si preferimos decirlo de otro modo, nos sentimos altamente privilegiados. En nuestra vivencia religiosa no ha habido revelaciones sobrenaturales portentosas ni fenómenos paranormales que nos hayan colocado al borde de un abismo existencial y nos hayan obligado a replantearnos todas las cosas; y tampoco nos hemos “convertido” —o “nacido de nuevo”, cf. supra— tras una larga vida de pecado o depravación en el sentido más vulgar del término, de manera que vayamos exhibiéndonos en “shows” religiosos de baja estofa narrando con detalles escabrosos una existencia pasada aberrante de la que un supuesto “milagro” nos haya rescatado cuando estábamos a punto de descender al infierno.

Nuestras vidas han transcurrido por cauces tal vez nada llamativos, nada espectaculares, sin interés para el comercio religioso de las sectas ultramarinas, pero están ahí como testimonio silencioso —lo cual no es sinónimo de “inoperante” o “inefectivo”— de la Gracia infinita de un Dios de amor que en Cristo nos ha enseñado a llamarle y adorarle como Padre.

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Presbítero

Delegado Diocesano para la Educación Teológica en la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE, Comunión Anglicana)

Decano Académico del Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI) y del Centro de Estudios Anglicanos (CEA)

 

 

 

[i] No queremos llamarlos “evangélicos” porque este adjetivo, además de designar a ciertas denominaciones protestantes muy serias y muy dignas de nuestros días, indica una clara vinculación con el mensaje de Cristo, el evangelio redentor de Jesús, algo que se encuentra en las antípodas de las enseñanzas profesadas por esos grupos aludidos. Echamos mano, pues, de un crudo anglicismo que no ha hallado cabida, que sepamos, en el vocabulario admitido de nuestro idioma.

 

[ii] Los especialistas en lengua griega del Nuevo Testamento indican que la traducción más correcta sería “nacer de lo alto”. Para las discusiones, véanse los distintos comentarios al Evangelio según San Juan.

 

[iii] Apologeticus pro christianis 17, 6.

 

[iv] Lejos de nosotros y de nuestra intención al escribir estas palabras la idea de que quienes nacen en otro tipo de países, culturas o religiones, sean “malditos” o “rechazados” por Dios ya de entrada. Semejantes infundios no forman parte de la fe cristiana.

 

[v] Siempre nos ha llamado poderosamente la atención el hecho de que en algunas denominaciones cristianas los niños (no los bebés, sino incluso pequeños que rondan los diez años de edad) queden sistemáticamente excluidos de los cultos regulares y relegados a su rincón, donde reciben una atención particular que, demasiadas veces, se reduce a hacerles jugar. Nos preguntamos seriamente si están recibiendo la educación religiosa necesaria.

 

[vi] Así fue en nuestra infancia.

 

[vii] Frente a los grupos sectarios y fundamentalistas que hoy se empeñan en una cruzada absurda contra las tradiciones cristianas más arraigadas, y contra la cultura cristiana de Occidente en realidad, afirmamos que estas celebraciones, bien encauzadas y correctamente presentadas, constituyen un poderoso medio educativo para los más pequeños, y también para los mayores, naturalmente.

 

[viii] Esta última en los calendarios que no la han eliminado. Por desgracia, el nuestro acabó con ella hace muchos años.

 

[ix] Por lo general, el llamado Credo Apostólico, el más extendido entre los creyentes de las iglesias históricas.

 

[x] Las familias protestantes o evangélicas, por lo general, han solido iniciar pronto a sus niños en la lectura de la Santa Biblia, aunque hoy se percibe cierta dejadez en estos círculos en relación con este asunto. Los cristianos de otras confesiones, aunque no siempre acceden directamente a las Sagradas Escrituras con la misma facilidad, también forman a sus pequeños en las verdades del cristianismo amparados por la finisecular tradición de la Iglesia universal.

 

[xi] No se entiendan estas palabras como un alegato a favor de la instrucción religiosa de oferta obligatoria en los centros docentes. Nos limitamos a constatar hechos que hemos comprobado y comprobamos prácticamente a diario, nada más.

 

 

 

El Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga es profesor del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), Centro Superior de Teología Protestante. Es presbítero ordenado y Delegado Diocesano para la Educación Teológica en la Iglesia Española Reforma Episcopal (IERE).

 

 

 

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