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El abuso de la ideología

 

Uno de los problemas actuales del cristianismo se plantea ante el abuso de los aspectos ideológicos del mismo en la vida diaria del cristiano. Los dogmas, las ortodoxias, se imponen a los demás criterios, llegando al extremo de olvidar la raíz y los fundamentos principales del propio Jesús.

 

¿A qué se está haciendo referencia? Nuestra religión, como tal, dispone de unas verdades generalmente aceptadas por todos los creyentes que consideran a Jesús como el Hijo de Dios, concretándose su formulación en el Credo niceno-constantinopolitano, que en su versión actual dataría del 381 d.C y aprobado en el Concilio de Constantinopla. En nuestra celebración de la Santa Cena se repite esta fórmula, como compendio de la comprensión humana acerca de lo que nos transmiten las Escrituras en relación a Cristo. Ciertamente el Credo resultó necesario debido a las diferentes herejías o interpretaciones que se daban en el siglo IV d.C. acerca de Jesús. Sin una ortodoxia mínima, sin un consenso, puede caerse en el peligro de las interpretaciones caprichosas o personalistas, por lo que la celebración de los denominados Concilios ecuménicos fijó el punto en común de la mayor parte de los teólogos y autoridades eclesiásticas de la época.

 

 

 

Pero aunque como se acaba de decir, el Credo resulta necesario, el problema es cuando se abusa de él o, cayendo en errores de cierta gravedad, queremos imponer una ortodoxia no demasiado clara y en ocasiones incluso no comprendida en la Biblia, dejando de lado la misión principal que nos encomendó el Cristo: amar a Dios por encima de todas las cosas y amarnos los unos a los otros como él nos amó.

 

 

 

Jesús ante todo es compasión hacia sus criaturas, pobres y débiles como somos todos. En cambio las personas religiosas tienden, o tendemos, a buscar ante todo nuestra propia salvación, olvidándonos del resto de mortales que nos acompaña en esta vida deseada por Dios para nosotros. Ante el miedo a perder esta salvación anhelada empiezan a surgir reglas, verdades, que más allá de las formuladas en los Concilios ecuménicos, se convierten en las herramientas diseñadas por los hombres para hacer valer ante la divinidad que somos merecedores de algo más que de esa misericordia infinita que sintió Cristo por cada ser humano.

 

Ante la magnificación de la ideología, nuestro prójimo deja de serlo, transformándose en un pecador, un enemigo, alguien no merecedor de lo mismo que nosotros porque no opina lo mismo en todos los asuntos de la vida, del más grande al más pequeño, pasando por los medianos habidos y por haber. Entonces surge el samaritano, el impuro, y nos transformamos en arrogantes fariseos que le exigen a Dios formar parte de su banquete y excluir a los demás del mismo porque nosotros representamos la ortodoxia divina en la tierra ya que disponemos de la verdad que nos pertenece como portavoces oficiales que somos de Jesús.

 

El problema general radica en que nuestra tendencia natural es buscar ser los primeros y los más grandes, mientras que la tendencia natural de Dios es preferir a los últimos y a los pequeños, como muy bien nos explica Jesús en los Evangelios. Esa diferencia mayúscula aplicada al ámbito religioso produce resultados calamitosos y terribles dentro del cristianismo, como la historia de la Iglesia nos muestra con creces a lo largo de los siglos.

 

Ciertamente, Dios nos conoce, y por eso mismo ya sabe cuáles son nuestras reacciones más habituales. Solamente gracias al discernimiento y a la actividad del Espíritu Santo es cuando puede producirse esa rotura de cadenas que representa la resurrección de Jesús y acabar con esa híperideologización del cristianismo que hemos acabado acometiendo para en cambio asumir la misión de Cristo en la tierra: pasar de la teoría a la práctica, olvidarnos de la humanidad y centrarnos en los que tenemos cerca para llevar la redención cristiana a nuestros hermanos, tal como nos pidió Jesús resucitado.

Pero uno de los grandes problemas aquí es asumir si creemos en el Dios que nos predicó el Hijo o más bien creemos en otra cosa, en ese ser terrible y sanguinario que impondrá la venganza sobre los que creemos que nos han ofendido falsificando la “verdad”.

 

No se debe de olvidar nunca que ese Dios de los pequeños y los últimos sigue siendo un escándalo para nuestro mundo y ante todo para las personas religiosas. ¿Qué es eso de conmovernos ante el sufrimiento, ante el pecado de los débiles? Dios debe recompensarnos, darnos todos los méritos que hemos conseguido por haberle seguido, y ante todo castigar. Para muchas personas el mundo está dividido entre los que se salvarán y los que se condenarán, no teniendo importancia nada más que ello.

 

Por esto mismo debemos de elegir entre ser los levitas, los sacerdotes o el samaritano de la parábola. Todos sabemos que los buenos eran los levitas y los sacerdotes, en cambio el samaritano estaba manchado por el pecado de la heterodoxia. No puede ser nuestro prójimo en nuestra concepción reduccionista de Dios. Pero para Jesús fue el samaritano el único que tuvo misericordia y el que se conmovió ante la desgracia del viajero agredido por los ladrones.

Por eso la ortodoxia debe de ser importante y tener una faceta con valor en nuestra concepción cristiana. Pero esa misma ortodoxia, ya fijada en los Credos por personas mucho más sabias que nosotros, no puede nunca hacernos comportarnos como el levita y el sacerdote y olvidar la actitud del samaritano, ese terrible heterodoxo que cumplió, él sí, con la voluntad, del Padre.

 

Daniel Caravaca

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