Una oración de Sören Kierkegaard



Ian Cowley encuentra una perla de honesta sabiduría en una oración muy querida por Søren Kirkegaard


Señor, danos ojos débiles para mirar las cosas de poco valor, y ojos claros para contemplarte en toda tu verdad. Søren Kierkegaard (1813-55)


Esta oración de Søren Kierkegaard se cita al inicio de su libro The Sickness Unto Death, que se publicó en 1849.


El libro se describe como "Una exposición psicológica cristiana para la construcción y el despertar". Es esencialmente un tratado sobre la naturaleza y el efecto de la desesperación, que, según Kierkegaard, es la "enfermedad hasta la muerte".El libro no es de lectura fácil, pero muestra la determinación de Kierkegaard de enfrentar importantes asuntos espirituales que, particularmente en nuestra época, preferimos evitar.


Kierkegaard tiene claro que, para agradar a Dios, no debemos apartarnos de la verdad. Debemos buscar toda la verdad de Dios, donde sea que eso nos lleve, y cualquier desafío que nos impida enfrentar.La verdad que Kierkegaard tiene en mente aquí es el conocimiento de lo que es realmente reprobable ante Dios. Cristianamente entendido, este no es el sufrimiento terrenal de la necesidad, la enfermedad, la miseria, las dificultades, las preocupaciones y el dolor. Lo que es realmente contrario a los ojos de Dios es la enfermedad hasta la muerte, que es la desesperación, y esto puede ser no comprendido en absoluto por aquellos que no reconocen al verdadero Dios, y que adoran a un ídolo como Dios.


Esta es una oración que no se debe orar a la ligera. De hecho, si toda oración es el corazón humano que habla al corazón de Dios, entonces ninguna oración se debe rezar a la ligera. Cada palabra dirigida al Dios viviente, el Dios de la verdad, se debe pesar cuidadosamente y ofrecer como una verdadera intención de nuestros corazones.Recuerdo que cuando era capellán de la escuela escuchaba unas 300 voces jóvenes cantando en una alegre melodía: "Toma mi vida, y deja que sea consagrada, Señor, a ti". No pude evitar sobrecogerme interiormente, por la distancia entre la seriedad de las palabras cantadas a Dios y las condiciones, más bien ligeras, de la capilla aquella mañana, que contradecían el compromiso que aquellas palabras significaban. "Deseas la verdad en tu ser interior", dice el Salmo 51.6.


Necesitemos detenernos a pensar detenidamente antes de orar: "Señor, concédenos ojos débiles para mirar las cosas de poco valor y ojos claros para contemplarte en toda tu verdad". Todos nosotros vivimos con cierto grado de ilusión acerca de nosotros mismos, sobre otros, y sobre el mundo. También llevamos ilusiones acerca de Dios; ninguno de nosotros puede conocer a Dios tal como es, en toda su verdad.La promesa de Jesús fue que nos enviaría el Espíritu de la verdad, quien nos guiaría hacia la verdad (Juan 16.13).


Orar con el poder del Espíritu Santo es orar para que seamos guiados hacia la verdad, sobre quién es Dios en realidad y también sobre quién soy realmente. Estamos orando para capacitarnos, por la misericordia de Dios, para llegar a ser más y más nuestro verdadero yo en Cristo.


Esto, no es algo que pueda tomarse a la ligera. Ser despojado de nuestras ilusiones puede hacernos sentir impotentes. No es fácil dejar de lado muchas de las suposiciones preciadas que hacemos sobre nosotros mismos y nuestras vidas, para reforzar nuestra sensación de control y significado.


Con demasiada frecuencia, mi propia oración ha sido una llamada desesperada a Dios para eliminar todos los obstáculos a mis ambiciones. Muchos de estos objetivos, ahora empiezo a entender, se remontan a una infancia en la que la necesidad de obtener el reconocimiento de padres, maestros y compañeros ha sido un problema constante. Así que mis objetivos a menudo han venido en gran medida determinados tanto por la necesidad de probarme ante los demás como por el deseo sincero de hacer la voluntad de Dios.


Estamos rezando por la humildad, y esa es siempre una oración difícil de rezar. Ser humilde es ser conocido por lo que realmente eres. La humildad tiene que ver con el autoconocimiento honesto, que fue muy apreciado por Kierkegaard. La genuina humildad no debe confundirese con ser manso y afable: humildad es asumir la veracidad de nosotros mismos ante Dios, sin la cual cualquier viaje de fe queda profundamente comprometido.


Esta oración pide la gracia de Dios para saber cuáles son las cosas valiosas ante sus ojos y cuáles son las cosas de poco valor para él.


Estamos rodeados de mucho en nuestra cultura que, en última instancia, tiene poco valor ante las prioridades del Reino de Dios. También hay mucho que es ajeno y contrario a ese Reino, en el sentido de no ser agradable a Dios y a su corazón de amor. I



Fuente: Church Times.

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