TRES IMPORTANTES DESAFÍOS PARA EL CRISTIANISMO CONTEMPORÁNEO




El cristianismo, a lo largo de sus veinte siglos de historia y en los diferentes lugares en los que se ha implantado o se ha hecho presente, se ha visto confrontado a realidades que le planteaban retos, en ocasiones difíciles, y que le han obligado a dar respuestas o a tomar posturas concretas. No pretendemos entrar en controversias sobre si lo ha hecho bien o mal, o si podría haberlo hecho mejor. Sobre estos asuntos, juzgue cada cual como bien le parezca. Lo que hoy nos proponemos es, simplemente, reflexionar acerca de ciertos retos que se le plantean en nuestros días y a los que, creemos sinceramente, ha de dar una respuesta clara, pues le va mucho en ello. Y no se trata en esta ocasión del desafío de la inculturación de la Iglesia “in partibus infidelium” o de apologías acerca de la veracidad de sus doctrinas o sus dogmas distintivos frente a los de otras religiones del mundo, sino de asuntos sobre los que se viene llamando la atención desde hace mucho y por voces muy autorizadas.

Son los siguientes:

En primer lugar, el desafío de la unidad dentro de las propias filas cristianas. Como se viene recordando en el mundo cristiano desde hace ahora poco más de un siglo, la división de la Iglesia supone un escándalo mayúsculo. Sin entrar en disquisiciones histórico-teológicas que pretendan justificar o condenar esta realidad en su conjunto o en sus partes, lo cierto es que la imagen del cristianismo hoy sigue siendo la de un maremágnum de iglesias, grupos y sectas de toda clase, que en demasiados casos se han anatematizado unos a otros, cuando no se han ignorado por completo. Daría la impresión de que cada cual se hubiera limitado a “barrer para su casa”, haciendo caso omiso del otro, que a lo mejor es el propio vecino. Gracias a Dios, se han alzado ya muchas voces que claman por poner fin a tal situación, y hasta se han venido prodigando reuniones, conversaciones a altos y bajos niveles, sin faltar ceremonias públicas en las que se ha manifestado un claro sentimiento de culpa por tal atrocidad, incluso pidiendo perdón unos a otros por el daño mutuamente realizado a lo largo de la historia. Todo ello nos evidencia que el Espíritu Santo está impeliendo a la Iglesia universal hacia esa unidad añorada, conforme al sentir de Cristo expresado en Jn. 17:21-23. Que no se trata de un camino fácil, todos lo sabemos bien. Que no son pocos los obstáculos, pues también. Que existen ciertos sectores ultramontanos y fundamentalistas visceralmente enemigos de esta unidad, no vamos a negarlo. Ahora bien, la realidad está ahí y es tenaz: el cristianismo debe mostrarse unido si quiere dar a este mundo un testimonio creíble de su fe, de su mensaje, de la propia persona de Jesús. Las innegables diferencias entre las distintas confesiones, antiguas y más recientes, pueden muy bien enfocarse de manera que nos ayuden a comprender mejor al otro e incluso a enriquecernos con sus puntos de vista sobre ciertos temas. Finalmente, lo que nos define como cristianos no es una teología, unas tradiciones o una liturgia sacramental en concreto, sino la adhesión a la persona y la obra de Jesús en tanto que discípulos confesos suyos.

En segundo lugar, el desafío del compromiso con el ser humano. Al irse fragmentando a lo largo de los últimos siglos, el cristianismo ha ido tomando ciertos colores, a veces marcadamente particularistas, que lo han colocado en una deshonrosa situación de vasallaje en relación con los poderes y los intereses de este mundo, de manera que ha llegado a perder en ocasiones su horizonte universal y su incuestionable vocación de servicio al conjunto del género humano. En los tiempos en que vivimos, cuando la tendencia a la unidad de la Iglesia universal es un hecho ya irreversible, el cristianismo está llamado a recuperar su prístino compromiso con la persona humana, con la reivindicación de todo cuanto contribuya a su grandeza en tanto que imagen y semejanza de Dios en este planeta. El mensaje de Jesús acerca de la presencia real del Reino en medio de nosotros, y de que son aquellos que los hombres desprecian quienes tienen la prioridad en él, debe ser retomado en todo su prístino esplendor. La verdadera reivindicación de la justicia no debe quedar restringida ni obedecer a programas políticos determinados, sino que es una tarea propia de la Iglesia. En la Iglesia universal de Cristo no puede haber diferencias entre las personas ni por su raza, ni por su clase social ni por su sexo. Jesús vino para traer la redención (igual a “redignificación”) a todos los seres humanos, pues a todos contempla Dios como redimibles. El compromiso cristiano con el hombre puede tener muchas y variadas vertientes, pero en todas ellas se ha de hacer realidad. Allí donde la humanidad experimenta dolor, sufrimiento o injusticia, debe estar la Iglesia implicada en la restauración de la persona. En tanto que cristianos, no estamos llamados a dar siempre razones o respuestas de lo que acontece en el mundo. En ocasiones, debiéramos mostrar la suficiente humildad como para reconocer que no sabemos muchas cosas, o que no siempre tenemos las respuestas adecuadas a cada situación, pero sí podemos estar junto a quienes atraviesan momentos difíciles, y que no precisan de sermones, sino de cariño y de comprensión. La Iglesia que tiene a Cristo como fundamento carece de sentido si su existencia se limita a cumplir unos ritos precisos o elaborar y desarrollar unos dogmas concretos. Dios no llama a su pueblo a vivir en impermeables torres de marfil, sino a estar al lado de quienes precisan de ayuda. “Hacerse todo a todos”, como decía San Pablo Apóstol (1 Co. 9:22) es un magnífico lema. Los ritos litúrgicos, los sacramentos, las doctrinas, la exégesis bíblica y la teología en su conjunto alcanzan su plenitud cuando la Iglesia desempeña su cometido al servicio de los seres humanos.

En tercer y último lugar, el desafío de una postura clara ante el devenir del planeta Tierra. Imposible no preocuparse por el hombre obviando el entorno en que vive y contribuyendo a conservarlo, y en la medida de lo posible a mejorarlo. Se ha acusado al cristianismo de haber propiciado la destrucción del planeta Tierra en aras de una filosofía supremacista que hace del ser humano el rey de la creación. No podemos, por honestidad intelectual, negar que esto haya sido cierto, pero tampoco, por las mismas razones, podemos caer en el extremo opuesto y dar pábulo a ideologías incompatibles con el pensamiento cristiano más genuino. El llamado “Primer relato de la Creación” (Gn. 1:1 – 2:4a) coloca, efectivamente, al ser humano (“varón y hembra”, 1:27) como culminación de la labor divina, aquel que está llamado a enseñorearse de todo lo creado y emplearlo para su beneficio. Pero ello no significa esquilmar ni destruir la creación o utilizarla de manera irresponsable. Son varios los pasajes de la Santa Biblia que sugieren un respeto hacia el entorno y los seres que lo pueblan en tanto que obra de Dios. La superioridad del hombre como especie dominante se muestra, precisamente, en un uso responsable de la creación. Por eso hoy supone un desafío para el cristianismo actual el cuidado del entorno, la denuncia de su deterioro injustificado y la contribución a que este planeta en que el Creador nos ha puesto continúe efectuando su trayectoria en el sistema solar en buenas condiciones, pese a sus alteraciones climáticas o del tipo que fuere, que él mismo genera en el decurso de su larga historia. El respeto a la creación implica un respeto al Creador y una contribución al bienestar de nuestra gran familia humana. Como cristianos, como discípulos de Jesús de Nazaret, estamos llamados también a reivindicar un uso responsable de los recursos de la Tierra, de modo que todos dispongan de sus medios de manera digna y equilibrada.

Los desafíos están ahí, quieran reconocerse o no. Como cristianos genuinos, solo tenemos una opción airosa: responderles dignamente en el Espíritu de Jesús.



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