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LA CULTURA FRATRIARCAL

 

 

 

Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano? Génesis 4:9

 

Amar al otro es preservar su extrañeza

(P. Bruckner y A. Finkielkraut).

 

La cultura es el cultivo de la naturaleza, la sublimación del instinto natural o animal en civilizado o humanizado. La filosofía contemporánea distingue  entre una cultura más literaria o humanista, y una cultura más técnica o científica, aunque ambas configuran la plenaria cultura humana, la cual es una cultura a la vez de fines o finalidades y de medios o instrumentos. El hombre se caracteriza por su doble cultura, la primera es una cultura comprensiva de nuestra propia realidad, la segunda es una cultura explicativa de la realidad del mundo.

 

La antropología contemporánea distingue paralelamente entre una cultura tradicional de carácter matriarcal, y una cultura clásica de signo patriarcal. La cultura matriarcal representa el trasfondo arcaico de nuestra cultura, y se caracteriza por su naturalismo y comunalismo, cuyo símbolo máximo es la Diosa Madre. Por su parte, la cultural patriarcal se caracteriza por su abstracción e individualismo, y tiene como símbolo máximo al Dios Padre. Significativamente nuestra cultura clásica patriarcal sufre un quiebro con la aparición de la contracultura hippie, el feminismo y el ecologismo.

 

La lucha humana entre la antigua cultura matriarcal y la moderna cultura patriarcal, entre la Diosa Madre y el Dios Padre, tiene que dar paso a su mediación. Por eso la religión habla hoy del Dios madre y padre, y por lo mismo se habla políticamente de afirmar una tercera cultura del encuentro y el pacto, de la colaboración y la fraternidad. Pero la prédica de la fraternidad resulta fláccida o evanescente, de modo que preferimos hablar de fratriarcalismo o cultura fratriarcal, cuya divinidad es el Dios-hermano y cuya encarnación es la fratria o hermandad.

 

Sin embargo, en lugar de proyectar una hermandad abstracta, la cultura fratriarcal introyecta la mediación de lo matriarcal y lo patriarcal, de la madre y del padre, en la propia relación abierta del hijo-hermano o fratriarca. El fratriarca no es un hermano flotante, sino la Persona como intersección de la comunalidad o igualdad matriarcal y de la individualidad o libertad patriarcal, de la infrastructura matricial y de la suprastructura patricial. El fratriarca es un cofrade igual y diferente al otro, sea hombre o mujer.

 

El fratriarcado no es solo la relación horizontal entre hombres, sino entre el hombre y la mujer, una relación de igualdad y diferencia a un tiempo. Se trataría entonces de transitar de la lucha del amor propio al armisticio de la amistad propicia, del empoderamiento de eros a su potenciación cultural. Ello implica interceptar la regresión matriarcal y la agresión o competitividad patriarcal, en pro de una cultura de la intersección o colaboración implicativa. La fuerza de la amistad radica precisamente en la apertura del eros encerrado al otro liberador de nuestra encerrona.

 

Las alteridad del otro altera así nuestra estancia en este mundo. Cabe regredir a las cavernas matriarcales o progredir hacia un imperio o empíreo patriarcal. Ambos son aspectos de un escapismo y extremismo. La clave de nuestra cultura humana está en su mediación, en la intersección simbólica entre la matriz natural o destino matriarcal y la abstracción técnica o huida patriarcal. Pero el remedio está en el medio, y la remediación en su mediación: fratriarcal. Hay un hermanamiento o coimplicidad de todas las cosas, y el hombre es un hermano cómplice para el hombre. Caín, dónde está tu hermano: el hermano sigue siendo Abel.

 

Andrés Ortiz-Osés

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