TENSIÓN ENTRE FUERZAS ADVERSAS



A nadie se le oculta que vivimos en un mundo convulsionado por cambios drásticos en las formas de vida, en la tecnología y en el pensamiento. Ello significa que la especie humana prosigue sin descanso su proceso evolutivo, pues la esencia del ser humano es precisamente eso: cambiar, progresar, ir siempre hacia adelante. De ahí que cuando interfieren en ese proceso fuerzas involutivas, se genere la contradicción, la tensión, la crisis. Algunos incluso hablan claramente de “caos”, y es posible que tengan razón.

Los ámbitos de la reflexión y las creencias religiosas no escapan a esta realidad. La exégesis o la teología cristiana actuales, por ejemplo, no son las mismas que las de hace unas décadas, ni mucho menos las de hace siglos, lo cual está lejos de ser una desgracia o suponer una pérdida irremediable. El avance constante en estas áreas, ya sea más lento o más rápido, constituye una de las muchas evidencias de que Dios dirige a la Iglesia universal y va guiando su camino contra vientos y mareas a fin de que el mensaje de Cristo alcance a todas las naciones de la tierra. El problema, como indicábamos, lo constituyen las fuerzas involutivas, enemigas del progreso, hostiles por naturaleza y esencia a los cambios. Ahí tienen cabida todos los fanatismos, todas las intransigencias, todos los inmovilismos, todos los fundamentalismos, todos los ultramontanismos, integrismos y otros “ismos” por el estilo, pues de todo hay y para todos los gustos.

Si nos centramos en el terreno del protestantismo —tanto el llamado “protestantismo histórico” como el conjunto de iglesias y denominaciones evangélicas posteriores—, esa tensión permanente entre la evolución y las fuerzas involutivas se ve con total claridad en la manera de leer, entender y enseñar la Biblia. Nadie debiera extrañarse de ello. En todas las confesiones de fe de las iglesias de la Reforma, así como de las denominaciones de nuevo y novísimo cuño, las Sagradas Escrituras tienen un papel fundamental que nunca nadie podrá negar —como mucho, se podrá matizar, pero nada más—, y que se refiere a su primacía en el conocimiento de la salvación. La Biblia es la palabra revelada de Dios que nos señala el camino a Cristo el Señor, al mismo tiempo que constituye un extraordinario y antiguo macroconjunto literario capaz de contener otras muchas cosas y de muy diversa índole.

A ninguna persona con unos mínimos de formación cultural se le oculta que una lectura provechosa de la Biblia exige cierto tipo de conocimiento previo. Por muy esmeradas que resulten las traducciones de los sagrados textos realizadas en nuestros días —y jamás debiera ponerse en duda que lo son realmente—, los escritos bíblicos reflejan mundos, sociedades y cosmovisiones que hoy ya no existen, pueblos que tuvieron su momento y su lugar en la historia, pero pasaron. En ningún momento resulta fácil leer este tipo de documentos de otras épocas, a menos que hayamos sido instruidos en esas áreas concretas del conocimiento o contemos con la ayuda de personas o materiales que nos echen una mano en la tarea. De no ser así, se corre el gran peligro de absolutizar todo su contenido y de atribuirle un valor y unos significados que no tiene, con las consecuencias que ello puede conllevar.

El pensamiento cristiano, desde la más remota antigüedad (la así llamada Era Apostólica) hasta nuestros días, pasando por esos hitos culminantes que han sido los grandes teólogos medievales, la Reforma (con la mal llamada y peor entendida contrarreforma) y el avance de las ciencias bíblicas a partir del siglo XIX —todos ellos con sus inevitables y a veces dolorosos altos y bajos—, ha ido perfilando un tipo de doctrina y de praxis centrada en la persona y la obra de Jesús de Nazaret, confesado como Cristo, es decir, Ungido de Dios y Señor de todos nosotros. De ello dan buen testimonio, además de las obras de calidad compuestas y publicadas durante siglos por insignes teólogos, las propias liturgias de la Iglesia universal, orientales y occidentales, católicas y reformadas. Y en nuestros días esa centralización del pensamiento en Jesucristo adquiere nuevos enfoques, e incluso nuevos compromisos, que nos llevan a modificar, en tanto que creyentes, la relación que estamos llamados a mantener entre nosotros mismos y con el mundo circundante.

La Santa Biblia sigue siendo (y lo será siempre) la base del pensamiento cristiano, pero únicamente podrá ocupar con total dignidad este lugar de privilegio si nuestra lectura de sus sacros oráculos se enfoca debidamente en lo esencial, y lo accesorio pasa a un segundo o tercer plano, lejos de visiones estrechas o intransigentes de siglos pretéritos. Como hemos compartido muchas veces y en muy diversos medios, el propio Jesús dio a la Iglesia primitiva la clave para una lectura correcta de las antiguas Escrituras, eso que en el siglo pasado algunos teólogos de talla —especialmente Karl Barth y sus epígonos— calificaron de “exégesis pneumática”. Lc. 24:27,44.45 y Jn. 5:39 recogen sentencias del Señor en las cuales se muestra a sí mismo como aquel a quien apuntan las antiguas Escrituras veterotestamentarias, el único que les da verdaderamente sentido. Cuando el avance de los estudios bíblicos, con todas las disciplinas auxiliares que lo acompañan, nos permite conocer mejor los trasfondos de los libros sacros y sus fuentes primeras, orales o escritas, así como sus medios vitales (el famoso “Sitz im Leben” de los exegetas clásicos alemanes), ya sean hebreos o paganos, estamos en mejores condiciones de comprender la evolución del pensamiento religioso del antiguo Israel, es decir, de discernir aquello que es fundamental y aquello que es accesorio, lo que no es sino un estadio primitivo de la concepción religiosa hebrea y lo que enlaza directamente con la revelación suprema de Dios en Cristo.

El pensamiento cristiano no debe jamás autoencadenarse con lecturas de los textos bíblicos que lo aherrojen y le impidan comprender, no ya el origen de esos escritos, sino su finalidad última, que es Cristo. Jamás debiera caer en la trampa de un fundamentalismo intransigente que le imponga rupturas innecesarias con el desarrollo científico y un alejamiento de las realidades de las gentes. El mensaje de Cristo ha de alcanzar al conjunto de nuestra gran familia humana, no relegarlo ni rechazarlo en aras de puntos de vista pretéritos que no encuentran su lugar en una sociedad actual llamada a constante avance.

La tensión entre el avance y el retroceso, la evolución y las fuerzas involutivas, es algo que siempre ha acompañado a nuestra especie, y por ende también al cristianismo, también a la Iglesia. Pero, dígase lo que se quiera, el impulso hacia adelante es más fuerte, pues el designio del Creador es que el hombre camine para encontrarse con su Supremo Hacedor.

Hagamos de nuestra lectura, comprensión y exposición de la Santa Biblia lo que Dios ha querido que sea: un gozo, un privilegio y una herramienta de liberación y redignificación de nuestra gran familia humana.

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Delegado Diocesano para la educación teológica

IERE (Iglesia Española Reformada Episcopal), Comunión Anglicana

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