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SER CRISTIANO HOY

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No son tiempos fáciles para un cristiano los que tiene que vivir hoy. Pero si se mira a la historia, lo mismo se podría decir de los primeros cristianos: a ellos tampoco les resultaron fáciles los días que tuvieron que vivir. Es cierto que tenían todavía fresca la memoria, y la vivencia algunos, del Jesús que predicó en Palestina, que  anunció la llegada del reino, que fue crucificado y se apareció a los discípulos. Pero también hoy tenemos cercana esa presencia en la palabra que podemos escuchar si abrimos bien los oídos.

 

 

San Pablo dijo que lo que él tenía que predicar, Cristo muerto y resucitado, era una blasfemia para los judíos y una locura para los griegos. Lo que San Pablo tenía que predicar iba a contracorriente, no iba con los tiempos, no llegaba con facilidad a sus contemporáneos. Los judíos –y Jesús fue judío- no podían admitir otro Dios que Yahvéh. Y afirmar que Yahvéh había muerto en la cruz de Jesús era una blasfemia horrenda. Y para los griegos educados en la paideia, herederos de Sócrates, Platón y Aristóteles, afirmar que Dios pudiera morir era un sinsentido.

 

Más fácil lo han tenido los cristianos de otras épocas, de los tiempos en los que lo fácil, lo socialmente aceptado era serlo, creer que Jesús es el Cristo. Pero también en todos estos largos siglos de cristiandad en occidente, quienes de verdad querían ser seguidores de Jesucristo se encontraron siempre con dificultades: tenían que romper con el mundo, salir del mundo, del siglo, promover reformas radicales de la Iglesia, luchar por una recuperación del espíritu primigenio del cristianismo, volver a Jesús de Nazareth, muerto y resucitado, a su palabra de que el reino de Dios ya ha llegado, a la palabra que dice que el fundamento del cristiano no está en la riqueza, no está en los bienes terrenales, no está en la sabiduría del mundo. Y volver a decir con San Pablo: solo la gracia salva, no nos salvamos a nosotros mismos, no nos salvan nuestras buenas obras, es su palabra, la palabra de Jesucristo que nos llama y nos fundamenta, la palabra de Jesucristo la que nos anuncia el nuevo mundo del banquete en el reino de Dios el que nos salva, el que nos permite desvestirnos del hombre viejo para dejarnos revestir por el hombre nuevo.

 

Vivimos una cultura que se basa en la afirmación de que el hombre se fundamenta en sí mismo, que el ser humano se basta a sí mismo, que su capacidad de razonar es lo que delimita lo que puede ser y no ser, existir y no existir, ser aceptable y no ser aceptable. Esta es la razón de ser de nuestra cultura desde la Ilustración: alcanzar la autonomía del hombre, salir de la esclavitud auto-impuesta basándonos para ello en nuestra razón humana universal.

 

Y la palabra que fundamenta el cristianismo, la fe de los cristianos sigue siendo una palabra que se escucha, una palabra que se recibe, una palabra que no nace de nuestro interior sino que viene a él para iluminarlo y sostenerlo. La cultura moderna es autonomía en su radicalidad. La fe cristiana es heteronomía en su radicalidad. La palabra cristiana es heredera de la crítica continua de la idolatría en la historia de Israel.

 

Pero si escuchamos bien la palabra, ésta no es una palabra que hurta al hombre su propia responsabilidad, sino que le devuelve la responsabilidad humana, la de asumir que las decisiones sobre los asuntos terrenales los debe asumir personalmente y colectivamente, sin recurrir al manido lo dice el libro, lo dice la Iglesia, lo dice el presbítero. Cada uno tiene que asumir su responsabilidad en la autonomía limitada de su humanidad. La fe le da la confianza de que si falla, él estará cerca, si acierta él le recordará que su salvación no depende de su acierto, la fe fundamentará su esperanza de que un día llegará el reino de Dios cuando Dios sea todo en todos y solo quede el amor. Por eso podemos hoy, como lo hacían los primeros cristianos rezar con las palabras Maran atá, ven Señor Jesús.

 

Ser cristiano hoy es ser revolucionario, ser crítico con la cultura del espectáculo y de la superficialidad en la que vivimos inmersos, no dejarnos llevar por la necesidad imperiosa de consumir, de abandonarnos a las cosas que podemos comprar como si en ello nos fuera la vida, y luchar por que con nuestras aportaciones terrenales, los impuestos y demás tasas, todos puedan llegar a vivir con dignidad, sabiendo que la abundancia y la sobreabundancia es cosa del banquete del reino de los cielos, ese que pedimos que venga a nosotros, pero que podemos intentar hacer realidad con pequeñas grandes señales de amor al prójimo, como el samaritano.

 

El cristiano debe esforzarse en salir al encuentro de sus contemporáneos, saber hablar su lenguaje, acercarse a ellos, pero con la conciencia de que lo que tiene para regalarles es lo que ha recibido de otro, de Jesús, y que el mensaje recibido sigue siendo hoy, como siempre, una llamada en el desierto para despertar y abrirse a la promesa del reino que viene.

 

Joseba Arregui. Político guipuzcoano y pensador nacido en Andoain en 1946. Doctor en Teología y en Sociología.Fue Consejero de Cultura del Gobierno Vasco en los gabinetes Ardanza de 1986 y 1991. Parlamentario vasco por Gipuzkoa (PNV) elegido en los comicios de octubre de 1994 y octubre de 1998. Ha sido miembro del "Euskadi Buru Batzar" del PNV.Profesor en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Información de la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV-EHU); consejero de "Zenith Media". 

 

 

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