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¿Qué significa ser cristiano hoy?

 

Esta pregunta nos trae a la memoria aquel magnífico libro de Han Küng, «Ser Cristiano», que tanto ha enseñado y tanto a confortado a cristianos de todo credo. Si me preguntan qué significa ser cristiano «hoy» diría que me resulta tan fácil de contestar (que no de «practicar») en el plano ético, como complicado de decir en el plano estrictamente religioso o trascendente. Dicho con palabras de la judía-alemana Hanna Arendt (La condición humana), tenemos claro qué significa el cristianismo desde el punto de vista de la «acción», pero, ¿y desde el punto de vista de la «salvación»?

    Como «ética cristiana» no podemos entender otra cosa que trasponer, al siglo XXI, el mandato de Jesús, recogido en Mateo 10:8, “sanad enfermos, limpiad leprosos,…”; eso significa hoy: desprenderos del «hombre viejo» que no es otra cosa, ahora, que esa hiperinflación del yo que nos domina, y abrirse al otro del que hablaba Levinas. ¿Qué es la ética cristiana? Por mucho que se haya manipulado, interpolado, falsificado históricamente, la ética del cristiano es la ética de Jesús y –si se quiere- la ética de Pablo, la kénosis de Filipenses 2:7. Como decía el viejo zorro alemán Nietzsche, la ética de Jesús es reconocible “a pesar de los evangelios”: todo aquel que no acusa, no se defiende, no acude a los tribunales…, ese será cristiano, y esa práctica será posible siempre y en todo tiempo (El Anticristo). El cristiano, hoy, es el que se dona, en la parroquia, en la iglesia, en la ONG, el que se preocupa por la suerte de los desgraciados, de los refugiados, de los náufragos y hambrientos, el que está allí, con Médicos del mundo, con Cruz Roja, con cualquier ONG católica, anglicana, …; allí donde el sufrimiento nos llama. Se nos dirá: ¡pero esa ética es posible también entre gentes de otros credos o de ningún credo!  Efectivamente, la ética cristiana es una ética que –después de desmontar las estructuras del Dios de la metafísica (Vattimo)- ya no tiene pretensiones de exclusividad ni superioridad; convive y actúa con otros marcos éticos. Si presumiera de superioridad sería como aquel fariseo de la parábola de Lucas 18, 10:14, que se jacta en el templo de no ser como el cercano publicano que, lleno de temor, no se atreve a mirar hacia el Señor. El cristianismo es, también, una ética, no la ética. Otra cosa, de discusión más erudita, es si todas las éticas laicas o secularizadas son versiones modernizadas del viejo impulso cristiano. Sí, tal vez, en Occidente; pero no podemos negar –ningún cristiano consciente lo hace- el valor de otras éticas, más o menos similares, nacidas en el Islam, el judaísmo o las religiones de Oriente.

   Bien, sabemos así que es ser cristiano hoy, éticamente. Avancemos.

   Ciertamente, si alguno de nosotros pudiera practicar la ética de Cristo con un mínimo de coherencia seríamos cristianos ejemplares, hombres y mujeres necesarios en el mundo. Lo que comentaré a continuación pertenece a otro  ámbito de lo cristiano: la fe, la creencia, Dios... Y es que el cristianismo es –no lo olvidemos- una «religión», que está constituida por una creencia en un absoluto, un absoluto llamado «Dios», palabra hermosa donde las haya  a pesar de todo lo malo dicho y hecho en su nombre, como nos recordaba el gran Martin Buber(Eclipse de Dios). Pero, para el hombre del siglo XXI, recorrido por todos los poros de su piel por las circunstancias de este tiempo, ¿qué significa «creer»? ¿Podemos creer con la fe de antaño? Todo invita al hombre al descreimiento: la ciencia, el nihilismo contemporáneo, la cultura del aquí y el ahora, las injusticias globales… Llevamos décadas anclados en el escepticismo religioso. Miramos más allá y vemos dudar a los hombres de fe. Vimos dudar a los pastores evangélicos en las películas de Bergman, hace ya sesenta años; vemos dudar a los pastores de este tiempo como en To The Wonder  (Terrence Malick, 2012.). Vimos al propio pontífice –entonces Benedicto XVI- preguntándose por Dios en el silencio ominoso de Auschwitz. Ciertamente, hemos dulcificado el término y hablamos de «silencio», del silencio de Dios, de su tardanza en manifestarse, de su dureza de oído ante los gritos de sus hijos. ¡Es tan difícil creer! ¡Es tan difícil, como ya nos advertían los teólogos de  la muerte de Dios (Hamilton, Vahanian,..) acercar el Evangelio al hombre de este tiempo! Pero, ¿podemos ser cristianos sin creer? Este es el núcleo del problema, ante el que debemos reaccionar con radical sinceridad: nuestro intelecto –como le pasaba a Unamuno- llega sin dificultad al ateísmo práctico, a decir “no hay Dios”; pero todas nuestras potencias desean su existencia, su presencia. Todas nuestras fuerzas lo anhelan, sea cual sea la forma en la que lo queramos imaginar: el relojero universal de los deístas, el dios “tapagujeros” que denunciaba Bonhoeffer, el Dios-Padre amoroso al que Cristo se dirigía; el Dios omnipotente o kenótico, el que sea. Con Unamuno y con el filósofo cristiano italiano Gianni Vattimo, hoy nuestra sinceridad hacia Él y hacia los hermanos nos hace repetir este fórmula: ¡Señor, quiero creer!.—JUAN MANUEL MEDRANO EZQUERRO

Profesor de Ciencias Sociales en el IES Celso Díaz de Arnedo (La Rioja) Doctor en Filosofía por la Universidad de La Rioja

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