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¿Iglesia sí, Iglesia no? ¿Qué ocurre con la Iglesia?

 

“El cristianismo nació en Palestina como un movimiento. Pasó a Grecia y se convirtió en una filosofía. Se trasladó a Italia y devino una institución. Echó raíces en Inglaterra y pasó a ser un culto. Se instaló en América y se transformó en un negocio.”

 

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga  -  Hace no demasiado tiempo, circulaban por ciertas redes sociales las afirmaciones anónimas anteriores:

Y alguien añadió, con no poca dosis de sorna: “Y volvió a Europa hecho una vergüenza”.

Aunque, evidentemente, se trata de afirmaciones no exentas de exageración, pueden tener su parte de verdad, si no en todos y cada uno de los casos mencionados, tal vez en alguno que otro muy concreto. Lo cierto es que este tipo de asertos vienen a reflejar el grado de malestar y de nostalgia que invade algunas áreas del cristianismo contemporáneo y, como suele suceder con muchos tipos de malestares y nostalgias, muestran una exagerada tendencia a la idealización del pasado más remoto, casi a su mitificación, lo que conlleva una caída en la irrealidad por desconocimiento de los hechos históricos. Ya es de por sí harto significativo que el autor (o los autores) de estas sentencias, quien(es)quiera que sea(n), no haya(n) empleado ni una sola vez el término iglesia. El cristianismo habría sido, según ellos, de todo menos una iglesia. Y es aquí donde estriba uno de los mayores errores que se están cometiendo en ciertos ámbitos del mundo cristiano de hoy.

A nadie le puede llamar excesivamente la atención el hecho de que el término iglesiacomporte ciertas connotaciones negativas. Hemos de ser sinceros: una tenaz historia de veinte largos siglos evidencia hasta el hastío la cantidad de errores, y hasta de crímenes, cometidos en, por, para, con, bajo la sombra de y al amparo de la institución eclesiástica en su conjunto. Y nadie se rasgue las vestiduras por lo que decimos a continuación: no existe, en este sentido, iglesia o denominación de rango histórico que resulte inmaculada, ni oriental ni occidental, ni septentrional ni meridional. La que no ha perseguido a sus propios hermanos u oprimido a los menos favorecidos, ha encabezado revueltas no siempre moralmente justificables; y la que no, ha dado su apoyo a regímenes políticos de ideologías y praxis muy cuestionables. Y en relación con las iglesias o confesiones no históricas, esas que en cierto momento recibieron en Inglaterra el nombre de non-conformist, además de las de reciente cuño, pues tampoco pueden lanzar demasiados cohetes para celebrar nada: más de una de ellas no deja de funcionar como una empresa multinacional de origen muy localizado allende el Océano, con estructuras que imitan a la perfección el mundo de los grandes negocios, y cuyos objetivos se materializan en grandes dividendos computados en dólares. Y de incomprensiones, anatemas y hasta persecuciones internas o externas, algunas de ellas también saben mucho, por desgracia.

No, no resulta agradable para demasiada gente el vocablo iglesia, y es comprensible. Pero, y ahí está el testimonio del Nuevo Testamento para dejarlo bien claro, Jesús no tuvo la más mínima intención de fundar lo que hoy entenderíamos por un movimiento, o, ni que decir tiene, una escuela filosófica helenística, una institución conforme al modelo imperial romano, un culto al estilo inglés, y mucho menos un negocio a la americana. En el proyecto original de Jesús no hay nada vergonzoso, nada de que sonrojarse, aunque el nombre de su fundación sea precisamente el de iglesia. San Mateo 16:18 lo dice bien claro:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

Sin adentrarnos en cuestiones exegético-apologéticas propiciadas por este versículo y que no vienen al caso[1], la realidad es que Jesús habla claramente de una iglesia que él mismo edifica[2] y frente a la cual no hay poder infernal que valga[3]. Y una iglesia que, desde sus comienzos, se muestra como un tipo de sociedad institucional marcada por tres factores fundamentales: una clara vocación universal, una evidente dirección divina y un orden estructural bien reconocido y respetado por todos, como evidencian a su vez los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas paulinas y universales[4].

No hallamos, pues, en los orígenes del cristianismo, hasta donde las tradiciones recogidas en el Nuevo Testamento nos permiten llegar, lo que hoy llamaríamos un simple movimiento ideológico de meros tintes revolucionarios al estilo del marxismo puro de nuestra edad contemporánea[5], por poner un ejemplo, ni siquiera un movimiento de corte religioso propiamente hablando, sino un tipo de organismo vivo muy bien estructurado[6], llamado a crecer y expandirse hasta llenar la tierra entera en tanto que avanzadilla del Reino de Dios, con todo lo que ello conlleva.

Desde un punto de vista estrictamente personal, estamos íntimamente convencidos de que es este origen en la propia persona de Jesús lo que ha sostenido a la Iglesia en su desarrollo a lo largo de los siglos, y a pesar de sus humanos errores[7], así como lo que continuará garantizando su supervivencia y el cumplimiento de su misión hasta el final de los tiempos, conforme a la más simple de las escatologías que leemos en el Nuevo Testamento[8]. 

Todas las protestas que hoy se puedan elevar contra la institución eclesiástica como tal —muchas de las cuales son correctas y están muy bien fundadas, por lo que debieran ser ampliamente escuchadas y debidamente atendidas—, carecerán de realismo si, en primer lugar, pretenden eliminarla de un plumazo, dando al traste con toda una historia y una riqueza cultural forjadas con gran esfuerzo, conocimiento y dedicación, y, en segundo lugar, se empeñan en sustituirla por un mero movimiento ideológico o por simples células de acción piadosa que actúen de manera dispersa. El devenir de los tiempos ha sido tenaz en evidenciar que los movimientos ideológicos mueren si no cristalizan en instituciones, y las células independientes tienden a desaparecer si no forman cuerpo con otras, es decir, si no conforman organismos complejos y estructurados. La proliferación excesiva de las así llamadas “iglesias independientes”, especialmente en el mundo evangélico, evidencia con creces en nuestros días la debilidad de tales presuposiciones[9]. 

Nadie puede fundar o refundar la Iglesia, pues ya existe desde la declaración de nuestro Señor de Mt. 16:18[10], y no se puede sustituir por ningún otro tipo de sociedad o asociación. Lo que le corresponde a la Iglesia, entendida como la plantea el Nuevo Testamento, es ser enteramente fiel a su Señor, Cabeza y Fundamento, y emplear toda su estructura y su organización interna, sus fuerzas, sus activos y sus dones, que son innumerables, en la proclamación (¡desde luego!) revolucionaria del Reino de Dios conforme al patrón marcado por el propio Jesús en Lc. 4:17-21. 

[1] Lo referente al nombre de Pedro (gr. Petros) frente a la roca (gr. petra), o si el demostrativo esta es de primer o segundo grado, asuntos que demasiadas veces han hecho correr ríos de tinta y no siempre con excesivo tino ni utilidad real.

[2] Pese a que el término griego ekklesía únicamente se halla aquí y en Mt. 18:17 en el conjunto de los Evangelios canónicos, no vemos razón suficiente para creer, como a veces se ha dicho, que estas palabras de Jesús hayan sido un añadido posterior acuñado por el evangelista (contra Bultmann y sus epígonos. Cf. su Die Geschichte der synoptischen Tradition en las páginas que dedica a comentar Mt. 16:18-19). El conjunto del Nuevo Testamento presenta la idea clara de una iglesia de la cual Cristo es la única e indiscutible cabeza (Ef. 5:23; Col. 1:18) y el fundamento (1 Co. 3:11) o piedra angular (Ef. 2:20).

[3] Las puertas del Hades, que algunos han traducido como el poder del abismo (BTI) o el poder del infierno (NC) pueden entenderse también, y probablemente mejor, como el poder que representa la muerte; así lo traduce la versión bíblica DHH: el poder de la muerte. La Iglesia está llamada a ser eterna, en tal caso.

[4] Por no mencionar el testimonio patrístico contemporáneo de los escritos más tardíos del Nuevo Testamento, es decir, el que se constata a partir de finales del siglo I y comienzos del siglo II.

[5] Entendemos por marxismo puro la concepción original de la historia expresada por Karl Marx en sus escritos, que parte de un paraíso primitivo hasta desembocar en una sociedad comunista tras unos períodos o modos de producción en los que el hombre explota al hombre. No nos referimos a ningún partido político actual que se reclame de la herencia marxista, dado que en su doctrina y en su praxis suelen estar muy lejos de aquellos ideales.

[6] Véase en Hechos 6 la institución del diaconado, o las menciones que se hacen en este mismo escrito y en las epístolas a diáconos, ancianos y obispos.

[7] Cf. los altibajos de la Historia de la Salvación, tal como los presenta el Antiguo Testamento en relación con el antiguo pueblo de Israel.

[8] Recuérdense las palabras de Jesús:

Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt. 28:20b)

[9] La división del mundo cristiano es un escándalo, como se ha venido reconociendo desde hace ya mucho tiempo. Que hoy en día aparezcan “nuevas iglesias”, simplemente por cuestiones personales, y que, como hemos comprobado particularmente, sean incapaces de mantener comunicación o relación con otras de su mismas características, no hace sino ahondar ese escándalo y aumentar la confusión. 

[10] Si bien se suele fechar el nacimiento de la Iglesia cristiana como tal en el Pentecostés narrado en Hechos 2.

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