Domingo de Ramos, para gloria de nuestro Señor


A ningún lector habitual de las Sagradas Escrituras se le escapan las diferencias que existen entre el Evangelio según San Juan y los Evangelios Sinópticos.

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga - Desemejanzas o disimilitudes que van mucho más allá de meras cuestiones de autoría, destinatarios, época de composición o rasgos puramente estilísticos. El Cuarto Evangelio presenta un pensamiento muy propio, una teología muy específicamente suya centrada en la gloria de Jesús, tanto que alguno de los grandes teólogos del siglo pasado no ha dudado en designarlo como El Evangelio de la Gloria de Cristo[1], en la idea de que todo él apunta en esa dirección[2].

Sin duda alguna, la plena glorificación de Cristo, tal como la entiende el evangelista, tendrá lugar en los eventos pascuales, especialmente en su muerte y su resurrección, pero ya se anticipa con claridad en los acontecimientos que preceden de forma inmediata al inicio de la última semana de vida de nuestro Señor. Por decirlo en pocas palabras, el Domingo de Ramos inicia el último tramo del camino que conducirá a Jesús a ese estado glorioso que había compartido con Dios Padre desde antes de la creación del mundo (Jn. 17:5). Así lo muestra el pasaje comprendido entre Jn. 11:55 – 12:13, cuya lectura atenta nos lleva a considerar tres puntos destacados.

El primero de todos lo constituyen las expectativas del pueblo judío acerca de Jesús. Los versículos de Jn. 11:55-57 se hacen eco de una realidad que los Evangelios evidencian de manera muy clara, pero de forma muy especial el Evangelio según San Juan: Jesús es alguien que llama la atención, que no pasa desapercibido, o como también en ocasiones se ha señalado, que genera apasionadas discusiones. Nadie, ni en aquel momento histórico ni en ningún otra época posterior, incluida la nuestra, puede permanecer del todo indiferente ante su persona y su obra; algunos se decantarán por él con todas las consecuencias, y otros en su contra, pero resulta difícil imaginar que un ser humano a quien se presente la figura de Jesús de Nazaret en toda su plenitud manifieste frente a él una actitud neutral. El pasaje juanino más arriba mencionado nos da a entender que hay una búsqueda de Jesús por parte de quienes, en tanto que judíos fieles, habían subido a Jerusalén con el fin de ejecutar los ritos de purificación previos a las celebraciones pascuales; dice con meridiana claridad que Jesús se había convertido en tema de conversación, en centro de interés para aquellas gentes. Y también, cómo no, que se daba otro tipo de búsqueda por parte de las autoridades religiosas del pueblo, muy interesadas en que Jesús apareciera por la ciudad santa con ocasión de la Pascua, pero cuyas intenciones eran completamente diferentes. Toda esta atmósfera de tensión, en la que bullen, sin duda, el deseo sincero de ver a Jesús y aprender de él, junto con el anhelo no menos sincero de acabar con su molesta presencia, aunque no han faltado autores contemporáneos nuestros que la hayan tildado de atmósfera de terror[3], constituye un ambiente propicio para mostrar la gloria de Cristo. El Señor es glorificado en el hecho de que el pueblo judío permanezca expectante ante su posible presencia. Y Jn. 12:12-13 resuelve la cuestión planteada cuando aquellas muchedumbres, provistas de ramas de palmera, salen a recibirle en su entrada a la ciudad de Jerusalén y lo designan claramente como el Rey de Israel (v. 13). Por encima de intrigas y complots, de la curiosidad y de las certezas o incertidumbres acerca de su presencia, Cristo es proclamado Rey y así ha quedado consignado para siempre, y para su gloria, en este Evangelio.

El segundo nos lo muestra la manifestación de la vida que representa Jesús. En ocasiones, numerosos predicadores, e incluso algunos comentaristas de las Escrituras, han mostrado cierta perplejidad ante la redacción de Jn. 12:1, especialmente la última parte. Al transmitir la información de que Jesús va a Betania, el evangelista alude claramente a la figura de Lázaro y añade:

… el que había estado muerto, y a quien [Jesús] había resucitado de los muertos[4].

Resulta completamente innecesaria, han dicho, esta alusión reiterada a la muerte y resurrección de Lázaro justo después del capítulo dedicado a narrarla, Jn. 11. Cualquier lector del Evangelio sabe muy bien quién es Lázaro, con lo que estas palabras serían redundantes y una muestra del “mal estilo” que en determinados círculos de épocas no demasiado lejanas se achacaba al autor del Cuarto Evangelio. No hay tal. Lejos de ser un rasgo de mal estilo, la redacción de este versículo, así como el hecho de que en el siguiente se haga constar que Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él, obedece a una clara motivación teológica: destacar que Jesús es la verdadera vida. Todo el Evangelio según San Juan presenta el contraste entre vida-luz y muerte-tinieblas para incidir en que el propio Jesús es la resurrección y la vida (Jn. 11:25). La presencia de Lázaro, en quien se ha hecho patente el poder de Cristo para dar la vida, precisamente antes de la entrada de Jesús en Jerusalén y de los acontecimientos pascuales, no es, por tanto, fortuita. Apunta indefectiblemente a la victoria definitiva del Señor sobre la muerte, a su glorificación última. No carece de importancia que sea el Cuarto Evangelio el único que narra la resurrección de Lázaro, un milagro del que nadie que lo hubiera presenciado podría verdaderamente dudar[5], así como tampoco que en Jn. 12:9-11 se deje constancia de un complot contra el propio Lázaro: quien ha recibido la verdadera vida que solo Jesús provee, se convierte en blanco de quienes desean la persistencia de la muerte y las tinieblas, pues forman parte de ellas y en ellas hallan su realidad. Nuestra confesión de haber pasado de muerte a vida por obra del poder de Cristo, proclama su gloria a los ojos de las naciones.

El tercero y último se hace patente en la adoración de Jesús efectuada por la comunidad de los creyentes. No es de hoy que el Evangelio según San Juan es, de los cuatro Evangelios canónicos recogidos en el Nuevo Testamento, aquel que más rasgos simbólicos presenta[6]. Y es que una teología elaborada digna de este nombre no puede expresarse plenamente sino por medio de un lenguaje altamente simbólico. Toda la escena descrita en Jn. 12:1-8 rezuma simbolismo, un simbolismo comunitario. De hecho, los Evangelios de Mateo (Mt. 26:6-13) y de Marcos (Mc. 14:3-9)[7] la sitúan en otro momento de la vida de Jesús, más cercano a su pasión y muerte. El Cuarto Evangelio la ubica precisamente el día anterior a la entrada de Cristo en Jerusalén para hacer patente que aquel que se va a introducir en la ciudad santa con una clara finalidad de autoentrega conforme al propósito eterno de Dios no puede ser otro que el único que puede recibir la gloria y el honor por parte del conjunto de sus discípulos. En aquella mujer, que el v. 3 identifica como María, la hermana de Lázaro y Marta, y en sus actitudes de suyo tan extrañas y tan poco convencionales para la época[8], hallamos sin duda una perfecta imagen de la comunidad de los discípulos, de la Iglesia, que es capaz de realizar los mayores esfuerzos para tributar a su Señor el loor que solo él merece. Como se ha notado en ocasiones, no es porque sí que únicamente en esta parte de la narración se han consignado palabras dichas por el Señor Jesús. La Iglesia tiene, sin duda, una sagrada misión en relación con los indigentes y desfavorecidos de este mundo, quienes, malaventuradamente, siempre estarán ahí; pero ello no obsta para que también cumpla su misión para con su Señor y Rey. Jesús no entiende que se trate de actividades opuestas ni incompatibles, sino que, por el contrario, constituyen la esencia de la comunidad de discípulos. Cristo es glorificado en el servicio que esta efectúa para con los desposeídos de esta sociedad, y también en la especial adoración que ella le tributa porque es el Señor Ungido.

De esta manera, el Jesús que entra por las puertas de Jerusalén aquel Domingo de Ramos es alguien triplemente glorificado, en su pueblo, en aquellos a quienes da vida y en su comunidad de discípulos, al mismo tiempo que se encamina hacia la gloria suprema de la cruz y del sepulcro vacío. Es decir, se dirige a su gloria para, a su vez, hacernos partícipes de ella.

[1] Cf. el en su tiempo rupturista y hoy considerado un clásico Käsemann, E. El testamento de Jesús. El lugar histórico del evangelio de Juan. Salamanca: Ed. Sígueme, 1983.

[2] Jn. 1:14; 2:11; 7:39; 13:31; 16:14; 17:1,4,5,22,24; etc.

[3] Cf. Tresmontant, C. Le Christ Hébreu. La lange et l’âge des évangiles. Paris: O.E.I.L., 1983. Este curioso libro incide en el hecho de que el Evangelio según San Juan está todo él bañado en un ambiente de auténtico pánico, resultado de la persecución despiadada a que habría sido sometida la primitiva comunidad de discípulos de Jesús por parte de los sumos sacerdotes y de los dirigentes judíos en general, especialmente la secta de los saduceos.

[4] Idéntica afirmación, y con las mismas palabras, se lee también en el v. 9.

[5] Los milagros de resurrección contenidos en los Evangelios Sinópticos, por el contrario, podían ser discutidos: la hija de Jairo acababa de expirar cuando Jesús la hace regresar de la muerte (Mt. 9:18-26; Mc. 5:21-43; Lc. 8:40-56); y el hijo de la viuda de Naín estaba para ser enterrado en el momento en que Jesús lo encuentra (Lc. 7:11-17); no sería difícil que más de uno los considerase casos de reanimación de un sueño profundo. Lázaro era diferente. Según Jn. 11:39 mostraba ya signos evidentes de descomposición, pues llevaba cuatro días fallecido. De ahí que su resurrección fuera entendida como una auténtica victoria de Jesús sobre la muerte. No nos ha de extrañar que a partir de Jn. 11:45 se halle constancia de un auténtico complot por parte de los sumos sacerdotes para eliminar a Jesús. Era demasiado evidente ya que hacía gala de un poder sobrenatural capaz de hacer tambalearse todo el judaísmo, especialmente el saduceo, que negaba la resurrección.

[6] Cf. Mateos, J. y Barreto, J. El evangelio de Juan. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1979. Al año siguiente, los mismos autores y en la misma editorial publicaron su Vocabulario teológico del evangelio de Juan, librito de fácil lectura, hoy considerado un clásico, y que incide en este valor eminentemente simbólico del Cuarto Evangelio.

[7] Sobre lo que parecería ser un episodio paralelo en Lc. 7:37-38, ver los comentarios pertinentes.

[8] Una mujer judía de aquel entonces que efectuara un gasto tan ingente y además empleara en público sus cabellos para enjugar los pies de un invitado, podía dejar su propia reputación en un grave y nada deseable entredicho.

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