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Apuntes para un diálogo sobre la liturgia como expresión de la espiritualidad de la Iglesia.

 

Rvdo. Rafael Arencón Edo  -  Dionisio Ridruejo fue una gran personalidad que atravesó gran parte del siglo XX español. Nacido en el Burgo de Osma, tuvo una trayectoria intelectual y ética que le convirtió en poeta, soñador, arrepentido y reconciliador. A su muerte en 1975, el escritor Juan Benet escribió en su epitafio: “No yace aquí la esperanza sino quien la despertó”.

Dionisio Ridruejo dio aliento a la esperanza. La Iglesia tiene la misión de mantener con vida la esperanza que despertó Jesús, no tanto mantenerse a sí misma. La preocupación sobre la propia vida de la Iglesia debe girar solamente en torno a si la habita el Espíritu, porque si no es así es que ya está muerta.

La liturgia debe traer Espíritu de vida a la Iglesia, porque una liturgia que no exprese espiritualidad no es nada. Hay dos entendimientos de lo que queremos decir por “liturgia”:

El trabajo de la gente. El servicio de Cristo para la Iglesia.

Si la entendemos como el trabajo de la gente, no puede estar desconectado de Cristo y Su obra, o no seríamos una Iglesia cristiana.

Si lo entendemos como el servicio divino, no es posible realizarlo sin la presencia real de ese Cristo.

Y si embargo…

El trabajo de la gente suele confundirse con “el trabajo que gusta a la gente”, y así se busca una liturgia entretenida o significativa o lo que se quiera en cada momento.

El servicio de Cristo lo mediatizamos tanto que en ocasiones no se ve a Cristo por ningún lado (a pesar de reiteradas invocaciones a Su nombre). Divinizamos a los oficiantes (sea Papa, obispo o líder de alabanza)…

No es la espiritualidad un mundo alternativo de fantasía sino la posibilidad de un encuentro en nuestro mundo real con el Espíritu divino. La liturgia debe ser facilitadora de ese encuentro y portadora de esperanza de vida eterna.

No vamos a centrarnos en la liturgia típicamente anglicana pero sí vamos a partir de lo que entendemos los anglicanos como espiritualidad, En palabras de William Stafford, nuestra espiritualidad es “la manera como uno vive hacia Dios de una forma anglicana”.

Se presume que esta forma anglicana es espiritual. Así, la liturgia sería para nosotros la expresión de la manera cómo la Iglesia vive hacia Dios.

Como anglicanos, buscamos ser y hacer muchas cosas a la vez: conservar los valores de lo antiguo, usar la erudición, vincularnos a la experiencia de los primeros cristianos, ser flexibles, encajar con la cultura local, etc. Nuestra intención es sana pero su concreción es siempre imperfecta. Tenemos el Espíritu pero a veces dificultamos que se manifieste.

Veamos algunos problemas comunes:

Nuestro lenguaje no deja libertad al Espíritu. Por ejemplo, una expresión en apariencia tan poco complicada como “comparta la bendición” causó no pocos problemas en un servicio religioso católico-romano en el que participaba el candidato a la presidencia de Costa rica, Otto Guevara.

También nuestra estética en ocasiones aprisiona y anula. Ejemplo: en esta semana de oración por la unidad de los cristianos, había muchas más diferencias entre la forma que iban revestidos los clérigos en los actos unidos, que en la forma que vestía el pueblo en esos mismos actos. No hay problema en la diversidad, pero a veces con detalles anulamos lo que perseguimos.

La ética de nuestra liturgia sufre la comparación textual con el lenguaje políticamente correcto de hoy en día. Usamos muchas expresiones de muerte y violencia aunque pretendemos reivindicar la vida.

Nuestra liturgia es histórica y por tanto tiene una buena parte de su origen en circunstancias y necesidades puntuales. Para arraigarla en la realidad debe ser expresión de la vida celebrada y encaminarnos al conocimiento de la realidad del otro con el que habitamos en comunidad. Emmanuel Lévinas hablaba de conocer a Dios en el rostro del otro y conocer al otro: “Dios me concierne por una palabra expresada como rostro del otro hombre”. Eso significa un esfuerzo por salir al encuentro del otro, que no siempre estamos dispuestos a hacer.

Pensemos ahora en algunos retos:

Si el Espíritu nos encamina al encuentro con el otro, ¿qué ocurrirá con nuestra liturgia si avanzamos en el ecumenismo? ¿Cómo encajamos nuestros rituales cuando estamos en presencia (y en compañerismo) de personas tradicionalmente excluidos de ellos? (nuestros vecinos no creyente o creyentes en otro credo, los que se sienten condenados por los grupos religiosos que ellos conocen, etc.) ¿Necesitamos nuevos rituales para personas que hemos olvidado, por ejemplo familiares de personas que han practicado el suicidio?

Nuestra liturgia pretende rescatar el cristianismo propio del pueblo (en España, con un énfasis especial en lo mozárabe). Pero en los últimos años si el pueblo español ha recibido algo que no sea catolicismo romano ha venido a ser mayoritariamente a través de los cultos no litúrgicos del pentecostalismo (Iglesia de Filadelfia, labor social en barrios populares, Hillsong, etc.) Algo así como lo ocurrido en América Latina años atrás cuando se decía que la Iglesia católico-romana había llevado la teología de la liberación a los pobres… y ellos se había hecho pentecostales. O cuando presumíamos al decir: “Jesús es la respuesta” y se nos decía: “¿Pero cuál es la pregunta?”.

Somos una Iglesia litúrgica, no confesional ni jerárquica. Nos une un trabajo común y la percepción de la presencia real de Cristo en ese trabajo. Pero cuando en algún lugar del mundo una Iglesia manifiesta que el Espíritu le lleva a alguna decisión que puede resultar polémica, se recurre a argumentos ajenos a nuestra praxis. Se utiliza la Biblia de un modo poco riguroso, como un Papa de papel que bloquea todo avance.

La diversidad es un valor que emerge también de nuestro arraigo en la Biblia. Pablo nos advierte en su segunda epístola a los Corintios que la letra puede matar pero que el Espíritu es quien da vida. Esto no puede verse como un clamor en contra de la erudición, sino como el reconocimiento que la presencia de la Biblia en la liturgia es una poderosa fuerza espiritual que no debe ser controlada sino vivida.

La espiritualidad parece estar huyendo de los brazos no ya de la liturgia sino de la propia religión. Cuando la espiritualidad llegó a la psicología (con el movimiento transpersonal de Roberto Assagioli) fue un encuentro feliz que contribuyó a legitimar la presencia de la espiritualidad en otros campos y a revalorizar experiencias antes vistas como primitivas o patológicas. En un ámbito más popular, hoy para cualquier noctámbulo a quien cueste conciliar el sueño la oferta de experiencias esotéricas es constante desde muchos canales televisivos. La religiosidad sigue ahí pero dejó hace mucho de monopolizar lo sagrado.

Podemos plantearnos muchos más retos, pero el propósito de esta conversación es que se construya entre todos, que podamos hablar y pensar juntos.

Como veíamos en el epitafio que escribió Juan Benet, la esperanza no muere con nosotros, puede trascendernos. Si tenemos una Iglesia que encierra vida (la vida del Espíritu), esta vida terminará por liberarse y el propio Espíritu poseerá la liturgia. Necesitamos ministros vivos y fieles vivos que conduzcan la Iglesia y la liturgia por el camino de Jesús.

Por todo ello la pregunta principal quizás no sea sobre la liturgia sino sobre la propia vitalidad de la Iglesia y el espacio de libertad que damos al Espíritu para que viva en ella y la gobierne.

Rev. Rafa Arencón  -  Rector de la Iglesia Anglicana de la Natividad en Reus. 

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