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Ponencia de Juan María Tellería en la Facultad de Teología de Valencia

 

“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…”

 

Rvdo. Juan María Tellería  -  Monseñor Don Antonio Cañizares, Cardenal Azobispo de Valencia; Don Juan Miguel Díaz Rodela, representante de la Facultad de Teología; Don Vicente Collado, presidente de la Comisión Diocesana para las relaciones interconfesionales; Don Andrés Valencia, secretario del Centro Ecuménico Interconfesional de nuestra ciudad; queridos hermanos y amigos en la fe común de Jesucristo Nuestro Señor:

A nadie se le oculta que una ocasión como la que reviste este acto académico, y la próxima celebración de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, constituyen un motivo de claro regocijo para los creyentes. Más aún, ello supone la materialización de aquel deseo expresado en su momento por Nuestro Señor cuando, en el texto que hoy exegetas y especialistas designan como la oración sacerdotal de Jesús, vale decir, el capítulo 17 del Santo Evangelio según San Juan, pronuncia aquellas palabras:

“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”. (v. 21)

De ahí el gozo del pueblo de Dios y el agradecimiento por esta gran oportunidad que, un año más, se nos ofrece de impetrar la unidad de los cristianos. Orar por ello nos acerca los unos a los otros y, sin lugar a dudas, nos enriquece en el Espíritu del Señor.

Sin embargo, la constatación de un hecho semejante nos obliga en este momento a ser totalmente honestos con nosotros mismos y a enfrentar la realidad de manera objetiva. Demasiado se ha acusado, y se sigue acusando, a los cristianos de vivir completamente alejados, por no decir “alienados”, del mundo real, y de respirar una atmósfera artificial forjada a base de idealismos absurdos, cuando no de mitos o de puras quimeras. Estamos personalmente convencidos de que, precisamente nosotros los seguidores del Nazareno, somos aquéllos que con mayor motivo debemos mirar las realidades de frente, cara a cara, sean cuales sean, sin temor, y como se dice vulgarmente, “pisar tierra”. De ahí que el gozo sincero, el regocijo genuino que produce en nosotros la celebración de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos no deba ocultar ni edulcorar la constatación de un fracaso. Si hoy, en pleno siglo XXI, necesitamos de esta semana especial, ello significa que esa unidad no se ha producido aún; que algo se ha hecho mal; que llevamos a nuestras espaldas, por desgracia, todo un lastre histórico salpicado de rupturas, a veces sangrientas, de odios (¿somos capaces de reconocerlo?) e incomprensiones revestidos de anatemas, maldiciones e incluso persecuciones de unos contra otros.

La escandalosa división del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia universal, se ha producido, no tanto por causas que podríamos llamar “naturales” (extensión geográfica por tierras lejanas en épocas de difícil comunicación, lo que propiciaría el nacimiento de iglesias apartadas, aisladas del resto, con su propia cosmovisión, ritos, ceremonias y una teología particular), como por personalismos injustificados y una monstruosa (¡si bien muy humana!) tendencia a la intransigencia: “Si no piensas o actúas como yo, no eres mi hermano”. Lamentable, pero cierto. Y nadie puede señalar al otro y decirle: “¡Por tu culpa!”. Ninguna de las iglesias o confesiones está libre de pecado en este sentido. Ninguna puede lanzar la primera piedra.

Ello explica que, para buscar los orígenes de nuestra actual celebración de la Semana de Oración por la unidad, no hayamos de remontarnos demasiado lejos en la historia, tan sólo unos tres siglos. Es en 1740 y en la presbiteriana Escocia donde tiene lugar un avivamiento que hoy tildaríamos de “carismático”, tendente a romper las barreras denominacionales y hallar aquello que todos los cristianos tenemos en común. Los promotores de aquel movimiento insistían en la necesidad de orar unos por otros, unas iglesias por otras, a fin de cumplir así la voluntad de Dios para con su pueblo. El alcance de aquella iniciativa, en principio circunscrita a la Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas, pronto saltaría, no obstante, las barreras lingüísticas y eclesiásticas, de modo que el siglo XIX vería un desarrollo de la idea de la necesidad de orar por la unidad de los creyentes. Para el mundo católico romano, tal coyuntura recibe en 1894 la sanción pontificia cuando el papa León XIII anima a los fieles a la práctica del Octavario, vinculándolo con la festividad de Pentecostés. Será sobre todo en Francia donde la iniciativa papal hallará más eco, pues la iglesia católica gala, en plena crisis de relaciones con el estado republicano, experimentará una de todo punto necesaria apertura de pensamiento que en otros países del orbe romano sólo se producirá más tarde.

Es así como en 1908 se inicia la institución de esta Semana de Oración con carácter interconfesional, tal como hoy la conocemos, y su desarrollo correrá paralelo a la difusión del movimiento ecuménico durante la primera mitad del siglo XX. En 1964, el romano pontífice Pablo VI y el patriarca ecuménico ortodoxo de Constantinopla Atenágoras I se abrazan como hermanos en Jerusalén y recitan juntos la oración sacerdotal de Jesús antes mencionada (Jn 17). Un mismo espíritu de apertura y de llamado a la unidad se manifiesta en el Concilio Vaticano II como respuesta ineludible a los desafíos de la secularización del mundo occidental. Y así llegamos a comienzos de este nuestro siglo XXI, cuando el Consejo Mundial de Iglesias y el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos elaboran textos conjuntos y en un mismo formato para nuestra celebración, primero en inglés y en francés, más tarde en otros idiomas.

La Iglesia de Cristo hoy, en este día, prosigue el arduo camino que marca el Espíritu Santo hacia la unidad, pues, por desgracia, son grandes los obstáculos y numerosos los sectores fundamentalistas e intransigentes que la rechazan de forma abierta, cuando no la tildan claramente de diabólica. Nuestra peregrinación se cimenta en la esperanza.

Ponemos fin a esta nuestra aportación con dos menciones:

La primera, de los centros de la ciudad de Valencia en los cuales se ha venido celebrando la Semana de Oración para la unidad de los cristianos. Son los siguientes en riguroso orden alfabético:

Carpas de Taizé (con su particular estilo orientado a la gente joven)

Catedral metropolitana

Centro Arrupe

Iglesia evangélica bautista de Quart (UEBE)

Iglesia evangélica de la Esperanza (IEE)

Parroquia de Jesucristo (IERE, Comunión Anglicana, presente desde los inicios de la celebración en la ciudad)

Parroquia de Nª Sra. De la Buena Guía

Parroquia de Nª Sra. De Vera

Parroquia de San Ignacio (barrio de Campanar)

Parroquia de San Leandro

Parroquia de San Miguel de Soternes (Mislata)

Parroquia de Santa María del Mar

Parroquia evangélica Jesús es el Señor, también conocida como Parroquia de Juan XXIII (Ekklesia Global)

Parroquia ortodoxa rusa de San Jorge

Real basílica de San Vicente Ferrer

Seminario metropolitanto de Moncada (que se une este año a la celebración)

Y la segunda, recordando que este año de gracia de 2016 ha sido declarado Año de la Misericordia por nuestro hermano en la fe de Cristo Francisco, obispo de Roma. Necesitamos, realmente, de esa misericordia de Nuestro Señor para que él perdone el gran pecado de la desunión, y también que nos dé a todos un espíritu misericordioso que nos haga ver en el otro cristiano un hermano que ora por nosotros y por quien nosotros estamos llamados a orar en el espíritu de las palabras de la Escritura:

“Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre”

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga

Facultad de Teología de Valencia, lunes 11 de enero de 2016

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