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Je regrete mais… je ne peux pas être Charlie Hebdo

 

 

No se nos había olvidado, ni mucho menos, el bárbaro atentado perpetrado contra el semanario francés Charlie Hebdo.

 

Juan María Tellería Larrañaga  -  Desgraciadamente, cosas como ésas no son fáciles de olvidar. Al contrario, permanecen en la mente de la ciudadanía como uno de esos hitos oscuros de la historia vivida, que dejan una huella imborrable en el recuerdo colectivo. El problema estriba en el hecho de que, a un año de aquel trágico suceso, la misma publicación Charlie Hebdo ha pretendido traer a la memoria de todos cuanto ocurrió en aquellos momentos con un número especial cuya portada constituye una nueva agresión contra las conciencias y los derechos religiosos de los ciudadanos, so capa de una libertad de expresión muy mal entendida.

Aunque algunos medios solidarios con el semanario galo se han apresurado a indicar que la figura dibujada no pretende herir los sentimientos de los creyentes de ninguna religión en concreto, sino que vendría a representar una imagen convencional de la Divinidad, no es necesario ser un gran experto en iconografía para reconocer en el anciano de luengas barbas y largos cabellos, vestido con una túnica manchada de sangre y calzado con sandalias, la imagen más típica del Dios cristiano. Si no, explíquennos el dibujante en cuestión o la propia redacción de la revista, o los dos, a santo de qué aparece sobre la cabeza de la anciana deidad un triángulo con un ojo en medio, emblema claro del misterio trinitario cristiano. Jamás un musulmán representaría así a Dios, ni tampoco un judío, si es que lo representaban alguna vez[1]. Por otro lado, la metralleta y el elocuente titular L’assassin court toujours, que algunos han traducido como “el asesino aún anda suelto”, completan el cuadro de un total y desmedido atentado contra el sentimiento religioso general, sin dejar de lado el sentimiento cristiano, tanto del pueblo francés como de cualquier otra nación en la que el cristianismo, bajo el nombre de la iglesia o confesión que sea, se presente como la religión mayoritaria.

Quienes siempre hemos creído en la libertad de expresión como un derecho inalienable de la persona humana, nos encontramos con serias dificultades a la hora de comprender este tipo de caricaturas, dado que se nos ha educado para entender que nuestra libertad tiene como límite la libertad de pensamiento y de creencias del otro, del prójimo. El semanario Charlie Hebdo venía ya desde hacía tiempo lanzando ataques injustificados contra la religión en general y la religión cristiana en particular[2], pero “pinchó en hueso” al emplear la figura del profeta Mahoma. Cuando se produjo el atentado integrista islámico en la sede de la revista, hubo quienes indicaron, tanto en Francia como en otros lugares, la absoluta irreverencia y falta total de respeto de esta publicación para con las creencias religiosas de la gente, así como el hecho de que las agresiones contra la fe constituían una grave afrenta de los derechos humanos, dándose por supuesto la libertad de creencias y el respeto para con todas ellas como características de los países civilizados.

Que Charlie Hebdo, como cualquier rotativo, publicación o revista, tiene todo el  derecho del mundo a ostentar su propia ideología, es innegable. Que no está obligado a ningún tipo de profesión religiosa, pues también. Pero que comete un craso error al atentar contra el derecho de los creyentes a que nuestra fe sea respetada, pues sin duda también.

Es de desear que el integrismo islámico no responda en esta ocasión y ante esta nueva portada, con una nueva manifestación de violencia. Ojalá no haya tampoco ningún grupo cristiano extremista que decida castigar al semanario con una exhibición de agresividad. Pero no estaría mal que las leyes de la República Francesa, y las de otros países, penalizaran este tipo de actividades que, debido a su irreverencia y a su carencia total de respeto por los creyentes, pueden generar un clima de crispación o, en casos extremos, de ferocidad desmedida que luego toda la sociedad ha de lamentar.

Si en su momento, y a pesar de las múltiples manifestaciones a favor de la revista siniestrada, no pudimos decir en conciencia aquello de Je suis Charlie (“Soy Charlie”), vista la coyuntura actual, lo que, personalmente, nos vemos obligados a decir es, como el título de esta breve reflexión, Je regrette mais… je ne peux pas être “Charlie Hebdo”, o sea, “Lo siento, pero… no puedo ser Charlie Hebdo”.

 

 

[1] Como bien sabe el amable lector, judaísmo e islam son radicalmente contrarios a las representaciones figuradas de la Divinidad en mucho mayor medida que el cristianismo.

[2] Recordamos especialmente una portada en la que se ofrecía una caricatura burda del nacimiento de Jesús.

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